Viernes, 22 Octubre 2021 15:45

«Verá la luz, se saciará de conocimiento» (Is 53,11). (Homilía en la eucaristía del inicio de la etapa sinodal en la diócesis del sínodo de 2023. 17 de octubre de 2021).

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El papa Francisco inauguraba el domingo pasado el sínodo que culminará en 2023. Hoy todas las diócesis del mundo iniciamos el proceso sinodal en la eucaristía dominical, precedida por la oración y reflexión de ayer, acogiendo el deseo del Papa al convocar este sínodo sobre el tema: «Por una iglesia sinodal: comunión, participación, misión». Os animo a que acojáis la invitación, que recibiréis de vuestros párrocos, sacerdotes o responsables de realidades eclesiales, para hacer visible que la iglesia es un pueblo que peregrina unido hacia la casa del Padre anunciando a todos los hombres la salvación de Cristo.

            Con el autor de la carta a los Hebreos, también yo os invito a manteneros firmes en la confesión de la fe verdadera y a acercaros a Cristo para recibir el auxilio oportuno. La iglesia, cuando camina unida, confiesa sin error la fe verdadera y la proclama con audacia en cada momento histórico. El nuestro no es un momento fácil, vivimos un cambio de época, que arranca de atrás con la secularización de la sociedad y el rechazo expreso de Dios. Hace unos días, un escritor de prestigio repetía lo que dijo uno de los impulsores del ateísmo contemporáneo: «El cristianismo está muerto, y bien muerto está». Es posible que, al decir esto, confundiera sus deseos con la realidad. Esta muestra todo lo contrario. Existe el pueblo cristiano que, aunque desaparezca de un lugar, renace en otro; existen los mártires que son semillas de cristianos; existen comunidades exultantes de vida en los lugares más insospechados del planeta. La razón es siempre la misma: Cristo vive y su presencia se hace palpable y visible en la comunión de la iglesia. Cuando se escribe la carta a los Hebreos, los cristianos eran considerados una secta del judaísmo, que ponía en peligro la ortodoxia de la ley. Los seguidores de Cristo eran perseguidos y encarcelaos, expropiados de sus bienes. Algunos apostataron de su fe, otros salieron fortalecidos de la prueba.

            ¿Cuál es el secreto de esta pervivencia de la Iglesia en medio de una sociedad adversa? Nos lo ha dicho el texto de Hebreos: Mantener la confesión de la fe porque tenemos un sacerdote grande, que ha vencido el pecado y la muerte, Jesús, el Hijo de Dios, sentado junto al Padre en el cielo. El sínodo pretende fortalecernos en la fe y hacer de la iglesia un pueblo confesante, capaz de llevar la salvación a los hombres, nuestros hermanos. Para hacer esto, no basta confesar el credo en nuestras asambleas, sino participar en la misión de la iglesia, ser todos actores convencidos de la salvación de Cristo. La fe se confiesa en el templo de manera solemne cada domingo, pero se confiesa en la calle, en la vida ordinaria, mediante el testimonio de una vida conformada a Cristo. En esto consiste evangelizar.

            Aprendamos la lección del evangelio de hoy. Los apóstoles seguían a Jesús, pero sus intereses no eran los suyos. Buscaban, como afirman expresamente Santiago y Juan, ocupar los primeros puestos en el reino que anunciaba Cristo. Y los demás apóstoles se indignaron con esta pretensión, que sin duda les arrebataba lo que también ellos querían: puestos de poder. Jesús les preguntan en primer lugar a los dos hermanos si están dispuestos a participar en su pasión, en su entrega de la vida a los hombres. Y a todos ellos les advierte del peligro de pensar y vivir con categorías mundanas: en su reino, los grandes serán los que sirvan; los primeros, los que se hagan esclavos de los demás, porque ese es el estilo de vida de Cristo: que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

            No pensemos que nosotros somos mejores que aquellos primeros apóstoles. La mundanidad es, dice el Papa Francisco, un peligro actual de la iglesia. Las pasiones humanas son las mismas: deseos de grandeza y poder, pretender dominar a los demás, afán de notoriedad, aspiran a ser servidos… Nada de esto corresponde al Reino de Cristo, ni a la iglesia que es su germen e inicio. La identificación con Jesús, que se nos pide en el evangelio, supone la aceptación de un estilo de vivir, de confesar la fe y de realizar la misión, totalmente alejado de los parámetros mundanos. Caminar juntos, en sinodalidad, nos sitúa ante los demás en actitud de servicio y disponibilidad, siempre dispuestos a dar la vida por los demás, sea cual sea nuestro lugar, ministerio o carisma en la Iglesia. Esto no significa un igualitarismo ingenuo y romántico de quienes pretenden anular toda diferencia y alteridad en la iglesia, estructurada a través de los diversos ministerios, carismas y servicios. Significa vivir en la «comunión» con aquel que es Redentor de todos y nos hace participes de su vida y misión por pura gracia. Significa que la dignidad de hijos de Dios precede y pervive antes de cualquier otra diferencia y nos permite tenernos por hermanos de Cristo y miembros de la Iglesia. Significa que la edificiación de la iglesia corresponde a todos, según la propia llamada de Dios y el estado de vida correspondiente. Por esta razón, debemos escucharnos con sencillez y verdad; acogernos sin acepción de personas; integrarnos en la unidad que brota de la Trinidad y de la eucaristía; perdonarnos sinceramente y llevar unos las cargas de los otros; vivir la misión que el Espíritu nos confíe; amarnos, en definitiva, como nos ama Cristo.

            Hacer un sínodo no es crear estructuras que se superpongan a los elementos constitutivos de la Iglesia. Es vivir lo que ya somos por gracia de Dios, por la redención de Cristo y por la acción siempre santificadora del Espíritu. Todos debemos ponernos a la escucha de lo que Dios quiere para esta iglesia de Segovia, renunciar a nuestros planes individualistas y acoger, mediante la obediencia de la fe, el plan de Dios para el mundo de hoy. La renovación de la iglesia pasa por la conversión personal y pastoral de cada miembro de la Iglesia. Sin esta conversión, toda reforma resultará estéril e ineficaz. Mediante la conversión, es decir, mediante la expropiación de nosotros mismos al servicio de Dios y de los hermanos, la iglesia se renovará y producirá los frutos de justicia y santidad que ha dado a lo largo de su historia. Así lo dice el texto de Isaías que hemos proclamado en la primera lectura, referido a Cristo, Siervo de Yahvé, que puede aplicarse a cada uno de nosotros. Al entregar su vida como expiación de los pecados del mundo, Dios ha dado a Cristo una descendencia innumerable. Su vida no ha sido un fracaso, sino la victoria sobre el mal. «Por los trabajos de su alma, verá la luz; el justo se saciará de conocimiento» (Is 53,11).

            Queridos diocesanos: Dios es fiel a sus promesas. Acerquémonos a él con toda confianza. Trabajemos gozosamente con todo nuestro ser y nuestras capacidades en el proceso sinodal que ahora iniciamos, y, como dice el profeta, veremos la luz. Esa luz es Cristo reconocido en su triunfo sobre el pecado y la muerte, aclamado por los pueblos, confesado por los suyos. En este tiempo de oración, reflexión y vida compartida, también nosotros nos saciaremos del verdadero conocimiento que se ofrece a los hombres como el mejor servicio y ofrenda de comunión y amor. Confiemos en el Señor que nos dará la ayuda oportuna, a través de su Espíritu y de las mediaciones humanas y eclesiales, para hacer de la Iglesia el Cristo que peregrina en la historia, entre luces y sombras, pero siempre con la certeza de que él es el Camino, la Verdad y la Vida, el mismo ayer, hoy y siempre. Luz y conocimiento son dos palabras que definen el proceso sinodal, del que seremos los primeros beneficiados. Se trata de a luz de Dios que viene de su palabra viva, eterna y eficaz, la palabra que estructura la personalidad del cristiano con criterios, actitudes de vida y sabiduría moral. Es la luz que brota de nuestro bautismo y que nos permite iluminar a los demás con la Luz imperecedera de Cristo. Como dijo el papa Francisco en la inauguración del sínodo: «La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación guiado por el Espíritu. Jesús […] nos llama en estos días a vaciarnos, a liberarnos de lo que es mundano, y también de nuestras cerrazones y de nuestros modelos pastorales repetitivos; a interrogarnos sobre lo que Dios nos quiere decir en este tiempo y en qué dirección quiere orientarnos» (10-X-2021).  

            El sínodo nos sacará también de conocimiento. La acogida de la Palabra de Dios y la acción de esta palabra en nuestras vidas nos permitirá entender, con la sabiduría de lo alto, la realidad de Dios, de la Iglesia y cada uno de nosotros. Conocer es lo propio de Dios y es también atributo del justo, es decir, del hombre que acoge su voluntad y la cumple. Las reflexiones de sínodo nos harán crecer, como dice san Pablo, en el conocimiento de la revelación, de la fe que profesamos y de nuestra misión en el mundo. No se trata de un conocimiento meramente intelectual, sino el que trasforma el corazón y la vida según la voluntad de Dios. Este conocimiento nos permitirá acompañar al hombre de nuestro tiempo, a nuestros amigos y conocidos, ofreciéndoles la verdad que sana y salva. Así hizo Jesús con todos los que se acercaban a él.

            Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos eduque a vivir el camino sinodal con sus propias actitudes de obediencia fiel a la voluntad de Dios, de confianza en su Providencia y de servicio incondicional a cuantos nos necesiten. Que nos eduque, sobre todo, a engendrar a Cristo en nuestras propias vidas para que nos convierta en luz para el mundo y en buena noticia para nuestros contemporáneos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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