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Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud (Domingo de Ramos, 9 de abril de 2017) , 21.03.2017

Mensaje del Santo Padre Francisco para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud (Domingo de Ramos, 9 de abril de 2017) , 21.03.2017

 

Publicamos a continuación el texto del Mensaje que el  Santo Padre Francisco envía a los jóvenes y a las jóvenes del mundo con motivo de la XXII Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en ámbito diocesano el 9 de abril de 2017, Domingo de Ramos, y cuyo tema es:

«El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1,49)

 

Queridos jóvenes:

Nos hemos puesto de nuevo en camino después de nuestro maravilloso encuentro en Cracovia, donde celebramos la XXXI Jornada Mundial de la Juventud y el Jubileo de los Jóvenes, en el contexto del Año Santo de la Misericordia. Allí dejamos que san Juan Pablo II y santa Faustina Kowalska, apóstoles de la divina misericordia, nos guiaran para encontrar una respuesta concreta a los desafíos de nuestro tiempo. Experimentamos con fuerza la fraternidad y la alegría, y dimos al mundo un signo de esperanza; las distintas banderas y lenguas no eran un motivo de enfrentamiento y división, sino una oportunidad para abrir las puertas de nuestro corazón, para construir puentes.

Al final de la JMJ de Cracovia indiqué la próxima meta de nuestra peregrinación que, con la ayuda de Dios, nos llevará a Panamá en 2019. Nos acompañará en este camino la Virgen María, a quien todas las generaciones llaman bienaventurada (cf. Lc 1,48). La siguiente etapa de nuestro itinerario está conectada con la anterior, centrada en las bienaventuranzas, pero nos impulsa a seguir adelante. Lo que deseo es que vosotros, jóvenes, caminéis no sólo haciendo memoria del pasado, sino también con valentía en el presente y esperanza en el futuro. Estas actitudes, siempre presentes en la joven Mujer de Nazaret, se encuentran reflejadas claramente en los temas elegidos para las tres próximas JMJ. Este año (2017) vamos a reflexionar sobre la fe de María cuando dijo en el Magnificat: «El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1,49). El tema del próximo año (2018): «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30), nos llevará a meditar sobre la caridad llena de determinación con que la Virgen María recibió el anuncio del ángel. La JMJ 2019 se inspirará en las palabras: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), que fue la respuesta llena de esperanza de María al ángel.

En octubre de 2018, la Iglesia celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Nos preguntaremos sobre cómo vivís vosotros, los jóvenes, la experiencia de fe en medio de los desafíos de nuestra época. También vamos a abordar la cuestión de cómo se puede desarrollar un proyecto de vida discerniendo vuestra vocación, tomada en sentido amplio, es decir, al matrimonio, en el ámbito laical y profesional, o bien a la vida consagrada y al sacerdocio. Deseo que haya una gran sintonía entre el itinerario que llevará a la JMJ de Panamá y el camino sinodal.

Nuestra época no necesita de «jóvenes-sofá»

Según el Evangelio de Lucas, después de haber recibido el anuncio del ángel y haber respondido con su «sí» a la llamada para ser madre del Salvador, María se levanta y va de prisa a visitar a su prima Isabel, que está en el sexto mes de embarazo (cf. 1,36.39). María es muy joven; lo que se le ha anunciado es un don inmenso, pero comporta también un desafío muy grande; el Señor le ha asegurado su presencia y su ayuda, pero todavía hay muchas cosas que aún no están claras en su mente y en su corazón. Y sin embargo María no se encierra en casa, no se deja paralizar por el miedo o el orgullo. María no es la clase de personas que para estar bien necesita un buen sofá donde sentirse cómoda y segura. No es una joven-sofá (cf. Discurso en la Vigilia, Cracovia, 30 de julio de 2016). Si su prima anciana necesita una mano, ella no se demora y se pone inmediatamente en camino.

El trayecto para llegar a la casa de Isabel es largo: unos 150 km. Pero la joven de Nazaret, impulsada por el Espíritu Santo, no se detiene ante los obstáculos. Sin duda, las jornadas de viaje le ayudaron a meditar sobre el maravilloso acontecimiento en el que estaba participando. Lo mismo nos sucede a nosotros cuando empezamos nuestra peregrinación: a lo largo del camino vuelven a la mente los hechos de la vida, y podemos penetrar en su significado y profundizar nuestra vocación, que se revela en el encuentro con Dios y en el servicio a los demás.

El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí

El encuentro entre las dos mujeres, la joven y la anciana, está repleto de la presencia del Espíritu Santo, y lleno de alegría y asombro (cf. Lc 1,40-45). Las dos madres, así como los hijos que llevan en sus vientres, casi bailan a causa de la felicidad. Isabel, impresionada por la fe de María, exclama: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (v. 45). Sí, uno de los mayores regalos que la Virgen ha recibido es la fe. Creer en Dios es un don inestimable, pero exige también recibirlo; e Isabel bendice a María por eso. Ella, a su vez, responde con el canto del Magnificat (cf. Lc 1,46-55), donde encontramos las palabras: «El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (v. 49).

La oración de María es revolucionaria, es el canto de una joven llena de fe, consciente de sus límites, pero que confía en la misericordia divina. Esta pequeña y valiente mujer da gracias a Dios porque ha mirado su pequeñez y porque ha realizado la obra de la salvación en su pueblo, en los pobres y humildes. La fe es el corazón de toda la historia de María. Su cántico nos ayuda a comprender cómo la misericordia del Señor es el motor de la historia, tanto de la persona, de cada uno de nosotros, como del conjunto de la humanidad.

Cuando Dios toca el corazón de un joven o de una joven, se vuelven capaces de grandes obras. Las «cosas grandes» que el Todopoderoso ha hecho en la vida de María nos hablan también del viaje de nuestra vida, que no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, encuentra en Dios su plenitud (cf. Ángelus, 15 de agosto de 2015). Me diréis: «Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer?». Cuando el Señor nos llama no se fija en lo que somos, en lo que hemos hecho. Al contrario, en el momento en que nos llama, él está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de ofrecer. Como la joven María, podéis hacer que vuestra vida se convierta en un instrumento para mejorar el mundo. Jesús os llama a dejar vuestra huella en la vida, una huella que marque la historia, vuestra historia y la historia de muchos (cf. Discurso en la Vigilia, Cracovia, 30 de julio de 2016).

Ser joven no significa estar desconectado del pasado

María es poco más que una adolescente, como muchos de vosotros. Sin embargo, en el Magnificat alaba a su pueblo, su historia. Esto nos enseña que ser joven no significa estar desconectado del pasado. Nuestra historia personal forma parte de una larga estela, de un camino comunitario que nos ha precedido durante siglos. Como María, pertenecemos a un pueblo. Y la historia de la Iglesia nos enseña que, incluso cuando tiene que atravesar mares revueltos, la mano de Dios la guía, le hace superar momentos difíciles. La verdadera experiencia en la Iglesia no es como un flashmob, en el que nos damos cita, se realiza una performance y luego cada uno se va por su propio camino. La Iglesia lleva en sí una larga tradición, que se transmite de generación en generación, y que se enriquece al mismo tiempo con la experiencia de cada individuo. También vuestra historia tiene un lugar dentro de la historia de la Iglesia.

Hacer memoria del pasado sirve también para recibir las obras nuevas que Dios quiere hacer en nosotros y a través de nosotros. Y nos ayuda a dejarnos escoger como instrumentos suyos, colaboradores en sus proyectos salvíficos. También vosotros, jóvenes, si reconocéis en vuestra vida la acción misericordiosa y omnipotente de Dios, podéis hacer grandes cosas y asumir grandes responsabilidades.

Me gustaría haceros algunas preguntas: ¿Cómo “guardáis” en vuestra memoria los acontecimientos, las experiencias de vuestra vida? ¿Qué hacéis con los hechos y las imágenes grabadas en vuestros recuerdos? A algunos, heridos por las circunstancias de la vida, les gustaría “reiniciar” su pasado, ejercer el derecho al olvido. Pero me gustaría recordaros que no hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro. La perla nace de una herida en la ostra. Jesús, con su amor, puede sanar nuestros corazones, transformando nuestras heridas en auténticas perlas. Como decía san Pablo, el Señor muestra su fuerza a través de nuestra debilidad (cf. 2 Co 12,9).

Nuestros recuerdos, sin embargo, no deben quedar amontonados, como en la memoria de un disco duro. Y no se puede almacenar todo en una “nube” virtual. Tenemos que aprender a hacer que los sucesos del pasado se conviertan en una realidad dinámica, para reflexionar sobre ella y sacar una enseñanza y un sentido para nuestro presente y nuestro futuro. Descubrir el hilo rojo del amor de Dios que conecta toda nuestra existencia es una tarea difícil pero necesaria.

Muchos dicen que vosotros, los jóvenes, sois olvidadizos y superficiales. No estoy de acuerdo en absoluto. Pero hay que reconocer que en nuestros días tenemos que recuperar la capacidad de reflexionar sobre la propia vida y proyectarla hacia el futuro. Tener un pasado no es lo mismo que tener una historia. En nuestra vida podemos tener tantos recuerdos, pero ¿cuántos de ellos construyen realmente nuestra memoria? ¿Cuántos son significativos para nuestros corazones y nos ayudan a dar sentido a nuestra existencia? En las «redes sociales», aparecen muchos rostros de jóvenes en multitud de fotografías, que hablan de hechos más o menos reales, pero no sabemos cuánto de todo eso es «historia», una experiencia que pueda ser narrada, que tenga una finalidad y un sentido. Los programas en la televisión están llenos de los así llamados «reality show», pero no son historias reales, son sólo minutos que corren delante de una cámara, en los que los personajes viven al día, sin un proyecto. No os dejéis engañar por esa falsa imagen de la realidad. Sed protagonistas de vuestra historia, decidid vuestro futuro.

Cómo mantenerse unidos, siguiendo el ejemplo de María

De María se dice que conservaba todas las cosas, meditándolas en su corazón (cf. Lc 2,19.51). Esta sencilla muchacha de Nazaret nos enseña con su ejemplo a conservar la memoria de los acontecimientos de la vida, y también a reunirlos, recomponiendo la unidad de los fragmentos, que unidos pueden formar un mosaico. ¿Cómo podemos, pues, ejercitarnos concretamente en tal sentido? Os doy algunas sugerencias.

Al final de cada jornada podemos detenernos unos minutos a recordar los momentos hermosos, los desafíos, lo que nos ha salido bien y, también, lo que nos ha salido mal. De este modo, delante de Dios y de nosotros mismos, podemos manifestar nuestros sentimientos de gratitud, de arrepentimiento y de confianza, anotándolos también, si queréis, en un cuaderno, una especie de diario espiritual. Esto quiere decir rezar en la vida, con la vida y sobre la vida y, con toda seguridad, os ayudará a comprender mejor las grandes obras que el Señor realiza en cada uno de vosotros. Como decía san Agustín, a Dios lo podemos encontrar en los anchos campos de nuestra memoria (cf. Confesiones, Libro X, 8, 12).

Leyendo el Magnificat nos damos cuenta del conocimiento que María tenía de la Palabra de Dios. Cada versículo de este cántico tiene su paralelo en el Antiguo Testamento. La joven madre de Jesús conocía bien las oraciones de su pueblo. Seguramente se las habían enseñado sus padres y sus abuelos. ¡Qué importante es la transmisión de la fe de una generación a otra! Hay un tesoro escondido en las oraciones que nos han enseñado nuestros antepasados, en esa espiritualidad que se vive en la cultura de la gente sencilla y que conocemos como piedad popular. María recoge el patrimonio de fe de su pueblo y compone con él un canto totalmente suyo y que es también el canto de toda la Iglesia. La Iglesia entera lo canta con ella. Para que también vosotros, jóvenes, podáis cantar un Magnificat totalmente vuestro y hacer de vuestra vida un don para toda la humanidad, es fundamental que conectéis con la tradición histórica y la oración de aquellos que os han precedido. De ahí la importancia de conocer bien la Biblia, la Palabra de Dios, de leerla cada día confrontándola con vuestra vida, interpretando los acontecimientos cotidianos a la luz de cuánto el Señor os dice en las Sagradas Escrituras. En la oración y en la lectura orante de la Biblia (la llamada Lectio divina), Jesús hará arder vuestros corazones e iluminará vuestros pasos, aún en los momentos más difíciles de vuestra existencia (cf. Lc 24,13-35).

María nos enseña a vivir en una actitud eucarística, esto es, a dar gracias, a cultivar la alabanza y a no quedarnos sólo anclados en los problemas y las dificultades. En la dinámica de la vida, las súplicas de hoy serán mañana motivo de agradecimiento. De este modo, vuestra participación en la Santa Misa y los momentos en que celebraréis el sacramento de la Reconciliación serán a la vez cumbre y punto de partida: vuestras vidas se renovarán cada día con el perdón, convirtiéndose en alabanza constante al Todopoderoso. «Fiaros del recuerdo de Dios […] su memoria es un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal» (Homilía en la S. Misa de la JMJ, Cracovia, 31 de julio de 2016).

Hemos visto que el Magnificat brota del corazón de María en el momento en que se encuentra con su anciana prima Isabel, quien, con su fe, con su mirada perspicaz y con sus palabras, ayuda a la Virgen a comprender mejor la grandeza del obrar de Dios en ella, de la misión que él le ha confiado. Y vosotros, ¿os dais cuenta de la extraordinaria fuente de riqueza que significa el encuentro entre los jóvenes y los ancianos? ¿Qué importancia les dais a vuestros ancianos, a vuestros abuelos? Vosotros, con sobrada razón, aspiráis a «emprender el vuelo», lleváis en vuestro corazón muchos sueños, pero tenéis necesidad de la sabiduría y de la visión de los ancianos. Mientras abrís vuestras alas al viento, es indispensable que descubráis vuestras raíces y que toméis el testigo de las personas que os han precedido. Para construir un futuro que tenga sentido, es necesario conocer los acontecimientos pasados y tomar posición frente a ellos (cf. Exhort. ap. postsin. Amoris Laetitia, 191,193). Vosotros, jóvenes, tenéis la fuerza; los ancianos, la memoria y la sabiduría. Como María con Isabel, dirigid vuestra mirada hacia los ancianos, hacia vuestros abuelos. Ellos os contarán cosas que entusiasmarán vuestra mente y emocionarán vuestro corazón.

Fidelidad creativa para construir tiempos nuevos

Es verdad que tenéis pocos años de vida y, por esto mismo, os resulta difícil darle el debido valor a la tradición. Tened bien presente que esto no significa ser tradicionalistas. No. Cuando María en el Evangelio dice que «El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1,49), se refiere a que aquellas «cosas grandes» no han terminado, sino que continúan realizándose en el presente. No se trata de un pasado remoto. El saber hacer memoria del pasado no quiere decir ser nostálgicos o permanecer aferrados a un determinado período de la historia, sino saber reconocer los propios orígenes para volver siempre a lo esencial, y lanzarse con fidelidad creativa a la construcción de tiempos nuevos. Sería un grave problema que no beneficiaría a nadie el fomentar una memoria paralizante, que impone realizar siempre las mismas cosas del mismo modo. Es un don del cielo constatar que muchos de vosotros, con vuestros interrogantes, sueños y preguntas, os enfrentáis a quienes consideran que las cosas no pueden ser diferentes.

Una sociedad que valora sólo el presente tiende también a despreciar todo lo que se hereda del pasado, como por ejemplo las instituciones del matrimonio, de la vida consagrada, de la misión sacerdotal. Las mismas terminan por ser consideradas vacías de significado, formas ya superadas. Se piensa que es mejor vivir en las situaciones denominadas «abiertas», comportándose en la vida como en un reality show, sin objetivos y sin rumbo. No os dejéis engañar. Dios ha venido para ensanchar los horizontes de nuestra vida, en todas las direcciones. Él nos ayuda a darle al pasado su justo valor para proyectar mejor un futuro de felicidad. Pero esto es posible solamente cuando vivimos experiencias auténticas de amor, que se hacen concretas en el descubrimiento de la llamada del Señor y en la adhesión a ella. Esta es la única cosa que nos hace felices de verdad.

Queridos jóvenes, encomiendo a la maternal intercesión de la Bienaventurada Virgen María nuestro camino hacia Panamá, así como también el itinerario de preparación del próximo Sínodo de los Obispos. Os invito a recordar dos aniversarios importantes en este año 2017: los trecientos años del descubrimiento de la imagen de la Virgen de Aparecida, en Brasil; y el centenario de las apariciones de Fátima, en Portugal, adonde, si Dios quiere, iré en peregrinación el próximo mes de mayo. San Martín de Porres, uno de los santos patronos de América Latina y de la JMJ de 2019, en su humilde servicio cotidiano tenía la costumbre de ofrecerle las mejores flores a María, como signo de su amor filial. Cultivad también vosotros, como él, una relación de familiaridad y amistad con Nuestra Señora, encomendándole vuestros gozos, inquietudes y preocupaciones. Os aseguro que no os arrepentiréis.

La joven de Nazaret, que en todo el mundo ha asumido miles de rostros y de nombres para acercarse a sus hijos, interceda por cada uno de nosotros y nos ayude a proclamar las grandes obras que el Señor realiza a través de nosotros.

Vaticano,

FRANCISCO

 

Domingo III Cuaresma (A): Dios y la verdad.

 

Es llamativa la vergüenza de muchos cristianos a la hora de hablar de Dios en nuestras conversaciones habituales. Disfrazado de respeto a la intimidad, el hecho de sacar el tema de Dios nos parece intromisión en la vida del otro. Dios ha llegado a ser, en el lenguaje ordinario, un tema tabú, exclusivo de la conciencia individual. La Iglesia, sin embargo, nos invita a evangelizar, algo imposible si no hablamos de Dios. El Papa Francisco propone en Evangelii Gaudium el método de persona a persona: «Llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los más desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación… Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (nº 127).

Hay que vencer los falsos pudores. Dios es actual, lo más actual y definitivo de la vida del hombre. «En él vivimos, existimos y somos», dice Pablo a los atenienses. Quizás nos falte la convicción de que, por nuestro medio, Dios puede llegar al otro. En el encuentro de Jesús con la samaritana, tenemos un ejemplo precioso de cómo hablar de Dios. Es un encuentro fortuito, junto al pozo de Jacob, en el camino a la aldea de Sicar. Jesús se detiene cansado junto al pozo e inicia un diálogo con una samaritana, partiendo de lo concreto e inmediato: el agua que necesita para apagar su sed. Y de lo concreto salta a lo universal y absoluto: el agua de Dios, la gracia que nos lanza a la vida eterna. No es un diálogo fácil, porque la mujer, interpelada por Jesús, tiene que reconocer que no vive en la verdad: Jesús le descubre que ha tenido cinco maridos y vive con otro que no es su marido. Aceptar este envite o desafío no fue fácil para la mujer. Pero reconoció la verdad. Y entonces la conversación tomó un cariz distinto: las cartas estaban sobre la mesa. Se comenzó a hablar de Dios sin tapujos ni máscaras. Porque Dios se convirtió en el verdadero problema moral de la mujer. Dios no en un monte sagrado ni en el pozo de Jacob. Dios estaba en la verdad de la vida. Al final, la mujer pasó de reconocer que Jesús era un profeta a confesarlo como Mesías. Y de retorno a su pueblo, se convirtió en una misionera de Cristo con un sencillo argumento: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Este evangelio ofrece una clave esencial para el diálogo sobre Dios, a saber, que Dios afecta a la vida personal. Quizás sea este el motivo por el que no nos atrevemos a hablar de Dios, porque le dejamos al margen de la vida diaria. Dios nos compromete hasta la médula. Si es Dios, tiene derecho a regir nuestra existencia. Y, si no aceptamos este presupuesto —lo que Jesús llama adorar a Dios en la verdad— nuestro diálogo con Dios y sobre Dios es pura comedia. Mientras la samaritana discute con Jesús sobre quién de los dos puede sacar agua del pozo, no sucede nada. Cuando Jesús, sin embargo, le pone el dedo en la llaga, y lo hace con una exquisita delicadeza, todo se vuelve trascendente. Ya no se trata de si los judíos y los samaritanos compiten sobre el verdadero monte donde dar culto a Dios; se trata de si la samaritana vive o no conforme a la verdad de Dios. Este evangelio pone de manifiesto que Dios es lo más real de cuanto existe, porque determina que una vida sea verdadera o falsa.

Es evidente que para dialogar así sobre Dios se necesitan dos convicciones: creer que Dios es más grande que nuestras ideas sobre él, y no tener miedo a proponerlo a los demás como Aquel que conoce nuestros entresijos vitales y se sirve de nosotros para conducir a la fe.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Domingo II de Cuaresma (A): Dios cara a cara

La aspiración más profunda del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es contemplar a Dios cara a cara. Saciarse con la belleza de su rostro. El pecado oscurece en ocasiones este deseo y lo relega hasta al olvido y la indiferencia. Pero está ahí, anclado para siempre en el corazón del hombre. «Al despertar (de la muerte) me saciaré de tu semblante», dice el salmo 17. En el Antiguo Testamento se dice que nadie puede ver a Dios y seguir con vida. El hombre mortal no puede soportar la luz y la belleza del Dios tres veces santo, cuya trascendencia desborda los límites de nuestra pequeñez. Cuando Moisés pidió ver a Dios cara a cara, éste sólo le mostró su espalda. También Elías tuvo una revelación de Dios, pero no de sí mismo, sino en la suavidad de una brisa ligera. Ninguno de los dos personajes vio a Dios.

Cuando Jesús se transfigura en el Tabor, aparecen con él Moisés y Elías hablando de su muerte. Dice san Marcos que el rostro de Jesús resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Los apóstoles pudieron contemplar a Dios cara a cara, porque en Jesús se reveló la belleza y la potencia de Dios. Lo que Moisés y Elías no pudieron ver, ahora se revela a tres testigos. Moisés y Elías fueron destinatarios de una revelación. Los apóstoles, sin embargo, participan en una «epifanía» de Cristo, imagen del Padre. Por eso dice la voz del cielo: «escuchadlo». Jesús aparece, por tanto, como la revelación de Dios mismo, de forma que se cumple lo que dice al apóstol Felipe. Cuando éste le pide a Jesús que les muestre al Padre, recibe esta respuesta: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Los apóstoles vieron en el Tabor precisamente lo que tantos justos del Antiguo Testamento, incluidos Moisés y Elías, no pudieron ver: la gloria de Dios. El rostro de Cristo se convierte así en la manifestación del Padre que se comunica con los hombres a través de la humanidad de Jesús.

No es de extrañar que Pedro, ante tanta belleza, dijera: «¡Qué bien se está aquí»! Es la experiencia de quien saborea la felicidad. Esta plenitud de Pedro se puede entender, por analogía, desde nuestra experiencia, cuando nos invade la percepción de una belleza inefable, inasible, que nos trasporta casi fuera del tiempo, como arrebatados por una fuerza todopoderosa que nos introduce en la paz y el disfrute del misterio. Es el misterio del bien absoluto, de la verdad y la belleza unidas, que se deja sentir en el gozo sensible. En esos momentos quisiéramos que el tiempo se parara, interrumpiera su inevitable fluir. Pedro pide hacer tres tiendas, es decir, tres moradas eternas para disfrutar para siempre del semblante de Cristo. La nube luminosa que desciende y los cubre con su sombra es el anticipo de esa tienda eterna, solicitada por Pedro, que nos cubrirá un día en la intimidad con Dios.

En el camino de la Cuaresma, la Transfiguración de Cristo preludia su triunfo sobre la muerte. Quiere confortar a los apóstoles, que serán testigos de su rostro escupido, abofeteado y sangrante, con el rostro semejante al sol. La muerte que acecha a Cristo no puede ser impedimento para que crean en él, como a la postre sabemos que sucedió. Jesús no hace un milagro para darse satisfacción a sí mismo, mostrando su gloria. Su pedagogía es otra: busca fortalecer la fe de aquellos tres testigos que corren el peligro de escandalizarse ante un mesías sufriente. Por eso les impone silencio sobre lo que han visto hasta que resucite de ente los muertos. Pero al mostrarles su rostro glorioso nos reveló a todos el rostro que contemplaremos pasado el umbral de la muerte: Dios cara a cara.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Cantos de Semana Santa

Domingo de Ramos:

 

 

Jueves Santo:

 Jueves santo

 

Viernes Santo:

Viernes Santo

 

Vigilia Pascual:

Vigilia Pascual

 

 

Domingo de Resurrección:

 

Domingo I de Cuaresma (A): Por vosotros y por muchos.

 En las vísperas de este primer domingo de Cuaresma, el sábado 4 de Marzo, entra en vigor en toda España la nueva edición del Misal Romano. El Misal, junto al Leccionario, son los dos libros más importantes de la Liturgia latina. El Leccionario contiene las lecturas de la Palabra de Dios que se leen durante el año, y el Misal, las oraciones, prefacios y plegarias eucarísticas de las celebraciones del año, incluidas las memorias y fiestas de los santos y las misas votivas y por diversas circunstancias.

La nueva edición no cambia nada sustancialmente. Incorpora la traducción de la Biblia de la Conferencia Episcopal, y ha revisado la traducción vigente hasta ahora de la edición latina, ajustándola a un criterio de mayor literalidad. Hay un cambio, sin embargo, que los fieles notarán por tratarse de las palabras de la consagración del cáliz, cambio que se debe a una decisión de Benedicto XVI antes de su renuncia. En las palabras de Jesús sobre el cáliz, el misal actual dice que su sangre es derramada «por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados». Sin embargo, en Mateo y Marcos, no se dice «por todos», sino «por muchos». Aunque el significado sea el mismo, como veremos, Benedicto XVI, en una carta a los obispos alemanes, explicaba que el criterio de fidelidad a las palabras de Cristo exigía respetar la fórmula «por muchos». Con esta expresión,  Jesús se refiere al Siervo de Yahvé del capítulo 53 del profeta Isaías. Al utilizar estas palabras, Jesús se identifica con el Siervo, cuya muerte sirve para expiar los pecados de los hombres.    

Con este cambio, dice Benedicto XVI, puede pensarse que se restringe la universalidad de la muerte de Jesús. Pero no es así. Si leemos las palabras de Jesús, trasmitidas por Lucas y Pablo, observamos que Jesús dice sólo «por vosotros» cuando se refiere a su sangre derramada. Nadie piensa que Jesús murió sólo por los Doce. La concreción «por vosotros» indica que Jesús ve en los Doce la representación de la comunidad por la que se ofrece, es decir, la Iglesia. Cada comunidad que celebra la Eucaristía se entiende dentro del «vosotros». El «por muchos» amplía el horizonte, sin reducir la universalidad, porque el Siervo de Dios ha entregado su vida por la inmensa muchedumbre de los hombre. Que Jesús ha pensado en toda la humanidad al entregar su vida no tiene discusión, como sabemos por otros textos del Nuevo Testamento. Así lo interpretó san Pablo que dice: «Uno murió por todos» (2Cor 5,14). Su muerte tiene un valor salvífico universal. ¿Entonces, se preguntará alguno, por qué cambiarlo? Benedicto XVI lo dice en su carta con claridad: «Por respeto a la palabra de Jesús, por permanecer fiel a él incluso en las palabras. El respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la plegaria eucarística». Este respeto no es meramente formal. Como hemos dicho, en esas palabras Jesús ha interpretado su muerte, identificándose con el Siervo de Yahvé, que ofreció su vida en expiación de «muchos» (Is 53,12).

Al comenzar la Cuaresma, nuestra mirada se fija ya en la muerte de Jesús. El Viernes Santo haremos el oficio solemne de su muerte y leeremos el capítulo 53 de Isaías, anuncio profético de la entrega de Cristo por amor a los hombres de todas las generaciones pasadas, presentes y futuras. La expresiones «vosotros» y «muchos» no excluyen la totalidad de los hombres. La concretizan en esa comunidad, a veces de muy pocas personas, que celebra la Eucaristía y anticipa la «muchedumbre inmensa que nadie puede contar» a la que se refiere el vidente del Apocalipsis. Somos muchos los que representamos a todos.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Cantos de Navidad

Cantos de Navidad

Cantos de Adviento

Cantos de Adviento

Cantos de Tiempo Ordinario

Cantos de Tiempo Ordinario

Cantos de Pascua

Cantos de Pascua

Cantos de Cuaresma

 Cantos de Cuaresma 

EL TIEMPO DE CUARESMA

 

La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne… La Música Sacra, Por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente se halle unida a la acción litúrgica…Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico, siempre que estén adornadas con las debidas cualidades” (SC 112). Pero, ¿por qué es importante el canto en nuestras celebraciones litúrgicas?

  • El canto expresa y realiza nuestras actitudes interiores. Expresa las ideas y los sentimientos, las actitudes y los deseos. Es un lenguaje universal con un poder expresivo que podemos corroborar en las propuestas audiovisuales de los medios y que llega a donde no llega la sola palabra.
  • El canto hace comunidad. El canto pone de manifiesto de un modo pleno y perfecto la índole comunitaria del culto cristiano. Cantar en común une y genera sentimientos de pertenencia a un determinado grupo social. Nuestra fe no es sólo asunto personal nuestro: somos comunidad.
  • El canto hace fiesta. El valor del canto es el de crear un clima más festivo y, sobre todo, solemne; por este motivo debe ser expresado con gran delicadeza y adornado por una belleza sublime. “Nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas, exprese su fe y su piedad por el canto” (MS 16).
  • La función ministerial del canto. La música y el canto tienen dos puntos de referencias: el ritmo litúrgico y la comunidad celebrante. El canto sirve “ministerialmente” al rito celebrado por la comunidad.
  • El canto, sacramento. Dentro de la celebración, el canto y la música se convierten en un signo eficaz, en un sacramento del acontecimiento interior. Dios habla y la comunidad responde con fe y con actitudes de alabanza, oración y celebración; se encuentran en comunión interior. El canto es un verdadero “sacramento”, que no sólo expresa los sentimientos íntimos, sino que los realiza y los hace acontecimiento.

Como compartimos esta opción por introducir el canto en nuestras celebraciones, desde el Secretariado de Pastoral Juvenil hemos organizado en la web de la diócesis sugerencias de cantos según el tiempo litúrgico. Algunos de vosotros nos habéis comentado esa dificultad que encontráis para seleccionar los cantos que se consideran más apropiados; por este motivo, os mandamos la propuesta para Cuaresma. Estamos abiertos a sugerencias de cantos que nos podéis enviar y publicaremos con mucho gusto.

 

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