Después de mucho esfuerzo y sacrificio tanto a nivel personal como de grupo, 50 jóvenes de la diócesis de Segovia, al mismo tiempo que otros dos millones del resto del mundo, nos pusimos en camino con destino a Polonia, el país de San Juan Pablo II. Tras tres días de viaje durante los que fuimos acogidos en Francia y Alemania por el Instituto Secular de Notre Dame de Vie llegamos a nuestro primer destino: un pequeño pueblo llamado Babienica, perteneciente a la diócesis de Gliwice. Allí nos esperaban las que serían nuestras familias de acogida durante los Días en las Diócesis. Con una mezcla de entusiasmo e incertidumbre llegamos a nuestras nuevas casas y una vez allí, experimentamos en nuestra propia piel como las familias de Babienica ponían en práctica una de las obras de misericordia corporales “acoger al peregrino” con el mayor cariño y entrega posible. Nos dieron lo mejor que tenían y emplearon su tiempo de vacaciones en que nosotros disfrutáramos de la estancia con ellos, guiados indudablemente por su fe. Se trataba de una comunidad tan diferente y a la vez tan similar a la nuestra que era inevitable sentirse como en casa. Empezamos a ver entonces como la humanidad y la fe son capaces de romper con cualquier barrera construida con base en la tradición, la cultura o el idioma. Rezamos juntos, compartimos cantos y bailes, experiencias e inquietudes y llegamos a sentir un profundo cariño hacia esas personas que no nos habían dado todo con los ojos cerrados, pero con el corazón abierto. Durante estos días aprovechamos para visitar el Santuario de la divina misericordia, afianzando así nuestro conocimiento sobre el lema de la JMJ, Cracovia y su catedral, Auschwitz y Katowice, disfrutando ya del magnífico ambiente de la JMJ. La despedida de la comunidad de Babienica fue amarga, puesto que la familia se separaba y ya sabíamos lo complicado que sería volver a verla junta, aunque sin duda, la fe que nos unió, hará que las familias de Babienica estén siempre en nuestros corazones y nosotros en los suyos.

Nos pusimos en camino hacia Czestochowa donde nos reunimos con 8.000 jóvenes llegados de toda España. En el Santuario de Jasna Gora celebramos juntos la eucaristía, dando así comienzo a la Jornada Mundial de la Juventud y demostrando que los jóvenes españoles queríamos compartir con el resto nuestra fe con el resto del mundo.

Durante los días de la JMJ estuvimos alojados en Bochnia, una ciudad cercana a Cracovia cuyo alcalde entregó las llaves de la ciudad a los españoles, para que nos sintiéramos, una vez más, como en casa. Eucaristías, catequesis, festivales, visitas a las minas de sal, encuentros con nuestro obispo… fueron preparando nuestros corazones para nuestro primer encuentro con el papa. En la celebración de bienvenida, aunque bajo la lluvia, sentimos el calor de todos los jóvenes que habían viajado hasta Polonia con el mismo objetivo que nosotros.  Pues el objetivo final de la JMJ no es ver al papa, el papa móvil o hacer el mejor selfie, sino escuchar con atención lo que tiene que decirte, llevártelo a tu vida y con ello crecer en la fe y el amor a Cristo Jesús, compartiéndolos con millones de jóvenes de todo el mundo.  Ondeaban las banderas, que reflejaban el orgullo que sentían los jóvenes por sus países, sin ápice de competencia, poniendo el énfasis en aquello que nos unía y nos había llevado hasta allí, Cristo y nuestra fe, no en lo que nos diferencia.

Al día siguiente en el Viacrucis seguía lloviendo, pero no nos importaba, seguimos corriendo entre la multitud para conseguir llegar, pero Dios estaba de nuestra parte y a pesar de las dificultades conseguimos disfrutar de ambas celebraciones y volver a casa a descansar.

Afrontamos con las pilas recargadas la recta final de nuestra peregrinación. Tras varias horas de espera y calor conseguimos subirnos al tren rumbo a la estación más próxima al Campus Misericordiae. La marcha a pie se nos hizo mucho más llevadera gracias a la generosidad de la gente polaca que durante toda la tarde nos mojó con mangueras y nos dio agua. Finalmente llegamos al sitio que nos habían asignado, el recinto era mucho más grande lo que nos parecía desde el tren y estaba abarrotado de jóvenes seguidores de Jesús. Una vez más pudimos constatar que no estamos solos, porque hay al menos 2 millones de jóvenes que, como nosotros, confían en Jesús. Al caer la tarde, durante la vigilia pudimos disfrutar de momentos de oración y reflexión  todo ello en un clima incomparable de silencio respetuoso y admiración. La noche fue corta y en la mañana del domingo celebramos la eucaristía, la fiesta de la iglesia católica, universal, joven, unida en el Campus Misericordiae. Al final de la eucaristía el Papa Francisco clausuró la JMJ de Cracovia, una JMJ que no dejará indiferente a nadie y que seguirá todos los días de mi vida, porque, como dijo el Papa, el mundo y la iglesia necesitan menos jóvenes de sofá y más jóvenes con las zapatillas puestas, dispuestos a cambiar las cosas, jóvenes como nosotros. Tocaba emprender el viaje de vuelta a la vida cotidiana y empezar a contar lo vivido en Polonia

En definitiva, tras esta magnífica experiencia puedo decir más segura que nunca que confío en Jesús y que NO TENGO MIEDO.

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