Ungidos como el Señor

Homilía para la misa crismal

Segovia, 21 de Marzo de 2016

            Nos reunimos hoy con inmenso gozo como Iglesia diocesana para celebrar solemnemente la salvación de Cristo que en estos días se hace aún más patente ante nuestros ojos. Esta misa, llamada crismal, hace presente a Cristo como el Ungido de Dios. Su nombre, Cristo, nos remite a la unción del Espíritu que recibió en su naturaleza humana para poder trasmitir a los hombres la vida del Espíritu, la salvación y la inmortalidad. Nos llamamos cristianos porque Jesús, el Señor, nos ha dado parte en su misión de ungido, y ha querido que el Crisma del Espíritu descienda desde él, que es la Cabeza, a todos los miembros para que se manifieste a todo el mundo que somos su Cuerpo y poseemos su misma vitalidad salvífica. La Iglesia aparece hoy como un pueblo sacerdotal, es decir, consagrado a Dios, para llevar adelante la infinita misericordia de Dios, manifestada en Cristo. La unidad del presbiterio, y de los fieles cristianos con el obispo, manifiesta por sí misma el «signo» de la alianza de Dios con su Pueblo. A través de este pueblo, la humanidad será ungida por el Espíritu que es Amor. Alegrémonos y digamos con el salmo 133: «Ved que dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento» (1-2). Vivamos esta unidad, hermanos, reflejo de la comunión trinitaria para que, a ejemplo nuestro, los hombres se sientan llamados a unirse a nosotros y a vivir como familia de Dios.

            En el centro de esta significativa liturgia se encuentra el aceite, fruto del olivo, criatura de Dios que se convertirá  por la acción de Cristo en cauce de salud, fortaleza, energía, medicina, belleza y suavidad. El aceite cura las heridas, restablece la belleza del cuerpo, alivia la rigidez de nuestros miembros, y es antídoto contra los agentes externos que deterioran nuestra frágil naturaleza formada del barro de la tierra. Por la acción del Espíritu, este aceite, criatura de Dios, se convierte en instrumento del Espíritu para fortalecer y aliviar a los enfermos, sanarlos en el cuerpo y en el espíritu; es fuerza para los catecúmenos en sus luchas contra el mal; penetra por los poros del cuerpo y del alma de los cristianos para asimilarlos a Cristo; y unge a los sacerdotes y obispos con la misma capacidad de Cristo para actuar en su nombre y propagar por todo el mundo «la fragancia de Cristo» (2Cor 2,15). Esta virtualidad sagrada del aceite nos remite al misterio de la Encarnación del Verbo, gracias a la cual todo lo creado recibe una nueva potencia y significación. El Ungido de Dios se convierte él mismo en Unción para nosotros, porque en él reside el Espíritu vivificador.

            ¿Qué significa esto, hermanos? El profeta Isaías nos ha descrito la misión de Cristo en la distancia de los siglos. Sus imágenes no pueden ser más expresivas: Los que sufren, los corazones desgarrados, los cautivos y prisioneros, los afligidos, los abatidos, los que se visten de luto y ceniza son llamados a la esperanza de una trasformación radical operada por Cristo y por su Pueblo, porque el Espíritu de Dios esta sobré Él y sobre nosotros, ungidos de Dios. ¡Qué hermosa y comprometida vocación, y qué irrenunciable misión! Cualquier dolor humano, cualquier esclavitud y atropello del hombre, cualquier tortura física o espiritual, cualquier abuso y arbitrariedad contra la dignidad de la persona humana serán superados y vencidos por la unción de Cristo y de los cristianos. Contemplemos el horizonte de nuestra misión y quedaremos sobrecogidos al experimentar que nos falta tiempo para llevarla a cabo. ¡Tanto es el sufrimiento que nos reclama bajar de nuestra cabalgadura y asistir al que yace al borde del camino! Miremos a Cristo, Buen samaritano, que carga sobre sí a la humanidad doliente para ungirla con su aceite regenerador e introducirlo en la posada donde sí hay sitio para todos, la Iglesia madre. El hombre no puede ser un desecho de la sociedad ni quedar convertido en objeto de mercado, que se intercambia por dinero o por papeles legales. El hombre tiene la dignidad que Cristo le otorga al asumir nuestra condición humana. Dios ha cambiado «su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos» (Is 61,9).

Pero no nos engañemos, hermanos: El origen del drama del hombre no se encuentra, como sabemos por la revelación, en circunstancias sociales, políticas, culturales o religiosas, que necesitan ser cambiadas. Se halla en el pecado. En la lectura del Apocalipsis se dice de Cristo «que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre». La unción de Cristo, el óleo y el crisma que pone en nuestras manos sacerdotales, representan la gracia que vence el pecado. Somos ministros de nuestro Dios para establecer el Año de gracia del Señor mediante los sacramentos que sanan al hombre de la herida profunda del pecado. La misión de Cristo trasciende las capacidades que el hombre tiene para vencer el mal. Por eso, él ha tenido que pasar por el camino de la cruz, perfeccionado mediante sufrimientos (cf. Heb 2,10), para poder ungirnos con el Espíritu vivificador. Ha tenido que ser traspasado en su propia carne para que de ella manaran los torrentes del Espíritu y de la gracia. La gracia del cristianismo no es una gracia barata, sino cara, como decía Bonhöffer, porque le ha costado a Cristo la vida. Hemos sido comprados y rescatados por la sangre de Cristo.

            La unción que hemos recibido para que el hombre sea recreado, hecho nueva criatura, y pueda vivir en la libertad, la fiesta y el cántico, conlleva que cada uno de nosotros, cristianos y sacerdotes, pasemos por la Pascua de Cristo. El Espíritu que nos ha ungido, nos ha capacitado para poder entregarnos a la misión de Cristo poniendo nuestra vida a su disposición. Eso significa la renovación de las promesas sacerdotales que nos disponemos a hacer. Con ella queremos confesar que retornamos al origen de nuestra unción y misión en la Iglesia; significa que ahuyentamos de nosotros la mundanidad espiritual y recuperamos el amor primero, ilusionado, fresco y decidido del primer sí; que decimos a Cristo que le amamos a pesar de nuestros pecados, y que no miramos atrás sino adelante cuando hemos puesto la mano en el arado de la cruz, que abre las entrañas de este mundo a la compasión y a la misericordia que se prodigan gracias a nuestro ministerio. Prometemos que dedicaremos nuestras energías a la predicación de la palabra, al ejercicio gozoso de los sacramentos, de los que no somos dueños sino servidores, como nos ha recordado el Papa Francisco, a la reconciliación de los pecados, a la visita consoladora de ancianos, pobres y moribundos, al acompañamiento de niños, adolescentes y jóvenes y a vivir con nuestro pueblo en la entrega diaria de nuestras vidas, ungidas por el amor. Al recoger los óleos y volver a nuestras comunidades no cumplimos con un simple protocolo ritual. Expresamos que somos portadores de la gracia, mensajeros de la paz, audaces testigos de la misericordia, que se desentrañan como Cristo para que otros vivan. «Somos, en definitiva, fragancia de Cristo».

            Vosotros, fieles laicos, ungidos del Señor, partícipes de su misma misión en medio del mundo, no sois meros espectadores de nuestro compromiso sacerdotal. Vuestra vida, afecto y oración sostiene a los ministros de la Iglesia, que viven dedicados a vosotros para que la unción que habéis recibido no disminuya, ni se entibie, sino crezca y madure en frutos de santidad. Vivimos en una mutua donación: somos para vosotros, y vosotros os debéis a nosotros en el amor porque os hemos engendrado en el Señor. Así, como único pueblo sacerdotal, compartimos la misión de Cristo sin rivalidades ni discordias, como miembros de un único Cuerpo.

            Vuestra vocación bautismal necesita del ministerio ordenado para que seáis fermento en la masa, luz en el mundo y sal en las realidades temporales, a las que os debéis de modo prioritario. La unción que habéis recibido en el bautismo y en la confirmación os capacita para trasformar este mundo según el designio de Dios. ¡Creedlo de verdad! Cada uno de vosotros puede decir como Cristo: «el Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido». Sois miembros santos de Cristo, llamados a santificar los ambientes, el trabajo, la convivencia social, el difícil mundo de la política, la cultura y la economía. No huyáis de las dificultades que conlleva la misión, no os recluyáis en las acciones intraeclesiales, donde sin duda es necesaria vuestra presencia, pero no la agota. El mundo, en cuanto ámbito propio de vuestro compromiso cristiano, espera vuestra presencia, necesita el testimonio de vuestra fe, esperanza y caridad, porque el mundo, hermanos, ha sido creado, como decían los Padres, para ser Iglesia, casa de la salvación y de la misericordia.

            Oremos, pues, unos por otros. Gocemos con esta comunión que Cristo realiza en su Iglesia y dejemos que penetre hasta lo más íntimo de nuestro ser la unción del Espíritu para que Cristo sea todo en todos y la humanidad entera mire al que atravesaron y reconozca en él la fuente de la salvación. Que María, Vaso sagrado en que la divinidad y la humanidad se abrazaron, nos conceda vivir siempre en la alegría de su cántico al Misericordioso. Amén.

 

Misa Crismal

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