«In aedificationem vestram»

Homilía en la misa exequial de Mons. Luis Gutiérrez Martín

Obispo emérito de Segovia.

23 de Junio de 2016.


            «Este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy, y contemplen mi gloria». Estas palabras de Jesús, que acaban de ser proclamadas, son las más consoladoras que podemos escuchar en estos momentos. Jesús expresa su deseo, y pide al Padre la gloria para los que son suyos. Hoy la pide para nuestro hermano, el Obispo Luis, a quien ha llamado a su presencia.

Saludo  a mis queridos hermanos en el episcopado, Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos. De modo especial saludo a nuestro arzobispo metropolitano, Don Ricardo Blázquez, y a mi predecesor en esta sede, Don Ángel Rubio. Saludo también al Padre Provincial de los Misioneros Claretianos, al Prior de los Jerónimos, de cuya Orden fue Asistente General Don Luis Gutiérrez; a todos vosotros, hermanos sacerdotes. Saludo a los hermanos y familiares de Don Luis, a la Presidenta de las Cortes de Castilla y León y dignas autoridades; y a todos vosotros religiosos y laicos de esta amada diócesis de Segovia.

            El Señor nos ha convocado esta tarde para celebrar la muerte en Cristo de nuestro querido Obispo emérito de Segovia, Mons. Luis Gutiérrez Martín, el Padre Luis como era más conocido popularmente, al menos en Madrid.

Después de una penosa enfermedad, soportada con serenidad, paciencia y abandono en las manos de Cristo, rodeado del amor de su familia y de su Congregación de misioneros claretianos, el Señor ha cumplido sus deseo de partir hacia Él. En la visita que le hice en el hospital después de su primera intervención quirúrgica, me dijo con clara conciencia: Ya he hecho todo lo que tenía que hacer, no tengo miedo a la muerte, espero que el Señor me lleve con él. El Señor ha cumplido su deseo y ha consumado en él su obra.

Esa obra comenzó en el bautismo, momento en que los cristianos somos sumergidos en la muerte y resucitamos a la vida nueva. Gracias a esta muerte, ésta de ahora, la física, no tiene poder sobre Don Luis y sobre nosotros porque nuestra naturaleza pecadora, como ha dicho san Pablo, quedó destruida por el poder de Cristo. En nosotros habita el Espíritu de la Resurrección, gracias al cual los restos mortales de Don Luis resucitarán según la imagen del cuerpo glorioso de Cristo. Es verdad que la muerte nos aflige por la separación de quienes amamos, pero no puede arrebatarnos la certeza de que quienes mueren en el Señor, viven con él. Para Dios, dice la Escritura, todos están vivos.

Ahora, con la oración y el afecto de esta diócesis, que gobernó con entrega y dedicación de pastor fiel, encomendamos a la infinita misericordia de Dios su alma al tiempo que le damos gracias por su persona y su ministerio. No es el momento para elogios fúnebres, contrarios al espíritu de la liturgia, ni tampoco el lugar de recordar su currículum al servicio de la Iglesia, como misionero claretiano, como obispo auxiliar de Madrid y como titular de esta sede de Segovia, en la que nació. Don Luis no era dado a honras ni adulaciones. Austero de carácter y de estilo de vida, dedicó todas sus energías, como profesor de derecho, padre provincial, Asistente general de la Orden Jerónima y Obispo, a la edificación de la Iglesia. Su lema episcopal, tomado de las palabras de san Pablo, «para vuestra edificación», da la clave de cómo entendió su vocación misionera y su ministerio episcopal. Permitidme, pues, que ponga de relieve lo que entre los cristianos debe ser una nota distintiva de nuestra conducta: la mutua edificación. «In aedficationem vestram». Sólo así no perderemos nunca la memoria de quienes nos han precedido en la fe y han sido un estímulo hacia la santidad de vida.

            «Edificar la Iglesia». ¡Qué hermosa tarea! Ninguna otra puede rivalizar con ella en este mundo. Fue la misión de Cristo: construir una casa que albergara a la humanidad entera: La casa de Dios que es la Iglesia. Como decían los Santos Padres, el mundo ha sido creado para ser Iglesia. Don Luis entendió sus diversos ministerios, desde su dedicación al estudio y enseñanza del derecho hasta su ministerio de obispo, como un servicio a la edificación de la Iglesia para la salvación de los hombres. Nunca perdió su vocación misionera y afán para que el Evangelio llegara a los confines del mundo. Como bien sabéis, una vez aceptada por el Papa su renuncia a esta sede, marchó a Guatemala para consolidar su fundación al servicio de niños, muchachos y ancianos pobres y trabajar en diversos ministerios que le confió el Vicario apostólico de Puerto Barrios. «Nadie podía pensar, escribía a un sacerdote de esta diócesis, que al cabo de 20 años me iba a encontrar como misionero. Pero así son los designios del Señor». Su ardor misionero, como hijo de san Antonio María Claret, no cesó nunca. Cuando la salud se resintió y volvió a España, era frecuente encontrarlo en el confesonario de la parroquia de los claretianos en la calle Ferraz atendiendo a los penitentes. Permítanme que cuente una anécdota personal que, sin duda, sirve para nuestra mutua edificación: En la penúltima crisis de salud, que sufrió hace pocos años, durante una comida de obispos en el seminario de Madrid, me dijo que había estado a punto de morir, y añadió con sencillez y lágrimas en los ojos: «sólo me pesa no haber amado más al Señor y presentarme ante él con las manos vacías».  No supe qué responder, impactado por la confidencia: sólo le dije: Dios sabe muy bien todo lo que Él ha puesto en sus manos. Detrás de su apariencia austera, típica del carácter castellano, se escondía un corazón sencillo y tierno, capaz de humildes y sinceras confidencias. Un corazón caritativo, sensible a las necesidades de los demás, como saben bien muchos segovianos. Ayer recibí el testimonio escrito de un profesor colaborador del hogar fundado por Don Luis. Contaba admirado de que, a pesar de sus ochenta años, siguiera incansable en la búsqueda de recursos económicos para sus hogares. Y le preguntó: «Monseñor, ¿cuál fue en su corazón la disposición a venir a esta tierra a construir este hogar para nuestros niños? Y él, de una manera muy especial y con mucha sencillez y humildad me dijo: Profesor, San Juan de la Cruz dijo un día: En el atardecer de mi vida, me examinarán del amor».

            La vida de Don Luis ha llegado a su atardecer, al examen del amor. El dolor por  su muerte va a la par de la gratitud que le debe esta Iglesia de la que fue Pastor. Dios conoce los trabajos que ha llevado a cabo para edificarla entre gozos y dificultades. El ministerio del Obispo está marcado por la contradicción del mismo Cristo. Edificar la Iglesia no se hace sin sufrimientos y sin cruz. San Pablo habla de los «dolores de parto» por alumbrar a la vida nueva en Cristo; de las «debilidades» sufridas en el ejercicio de su ministerio, debilidades que no son de orden sicológico y moral, sino apostólicas, es decir, las que tiene que padecer por el Evangelio. Nada debe extrañar, por tanto, que Cristo nos marque con su cruz, sin la cual es imposible alcanzar la gloria. «¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar así en la gloria?, pregunta Jesús a los de Emaús (Lc 24,26). Y san Pablo, exhortando a sus discípulos les decía que «hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,22)

La Iglesia de Segovia se ha edificado durante los doce años del pontificado de Don Luis no sólo con las obras visibles que de sus manos, como por ejemplo la organización y construcción de la nueva Curia, la creación de las unidades pastorales y el cuidado del patrimonio, sino por aquellas obras que nadie ve, porque acontecen en el corazón del pastor, sin las cuales no es posible entender la vida de un obispo. La edificación de la Iglesia se realiza al compás de la edificación de uno mismo, que, unido a Cristo, vive la misión de evangelizar con las actitudes internas de su Señor. Este proceso de identificación con él llega a su término en el momento de morir, cuando el Señor viene a buscarnos para conducirnos a la morada preparada por él. El Señor ya tiene a Don Luis para siempre.

            Al final de su vida, como os decía, Don Luis ha pasado por la prueba del sufrimiento, prueba que ha servido también para su edificación espiritual (acompañada frecuentemente con el desmoronamiento físico) y para la nuestra. También desde el sufrimiento y la enfermedad ha edificado esta querida Iglesia. Sólo Dios conoce hasta qué punto. Si se desmorona este edificio nuestro, alcanzamos uno en los cielos, una morada nueva, que no es sólo para nosotros sino para la gloria del Cristo total, formado por la Cabeza y los miembros. La muerte de Don Luis, unida a la de Cristo es un paso hacia la gloria, la gloria de quien no se ha servido a sí mismo sino al Señor y a la Iglesia. Las palabras de Cristo en el Evangelio que hemos escuchado no pueden ser más consoladoras: «Padre, éste es mi deseo, que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo» (Jn 17,24). Esta es la gloria que pedimos para quien fue nuestro Obispo, la gloria de ver cara a cara a su Señor. Esta es nuestra certeza, que la muerte no puede arrancar de las manos de Cristo nada de lo que es suyo, de lo que el Padre le ha dado. Y don Luis era parte de ese legado, uno de los que el Padre ha dado a Cristo. El beato Pablo VI decía, un año antes de morir, que la muerte era un progreso en la Comunión de los santos. Hermanos y hermanas, este es el progreso que pedimos para nuestro hermano Don Luis: entrar en la plena comunión de los santos donde cante eternamente las misericordias del Señor. Es Cristo mismo quien expresa este deseo y actualiza ahora a favor de Don Luis su sacrificio redentor.

            En esa comunión, María ocupa un puesto central como Reina de todos los santos. Bien lo saben los Hijos del Corazón Inmaculado de María, a quien san Antonio María Claret consagró su obra. Que María, Nuestra Señora de la Fuencisla y Virgen de la Paz, presente a este hijo suyo, Don Luis, a Cristo Pastor y Obispo de nuestras almas, para que reciba de sus manos la corona de gloria de no se marchita por haber cuidado de su Iglesia como servidor bueno y fiel. Amén.         

 

 

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