SábNov19

La máxima tentación sufrida por Cristo tuvo lugar en el Calvario, durante la terrible agonía de la crucifixión. Jesús recitó las estremecedoras palabras del salmo 22, que dice: «Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al hacerlas suyas, Jesús expresaba la soledad con que se enfrentaba a la muerte. Sobre estas misteriosas palabras comenta Ortega y Gasset: «Es la expresión que más profundamente declara la voluntad de Dios de hacerse hombre, de aceptar lo más radicalmente humano que es su radical soledad. Al lado de esto la lanzada del centurión Longinos no tiene tanta significación». Desde el comienzo de la pasión, en Getsemaní, Jesús había empezado a quedarse solo: solo de los apóstoles, solo de sus amigos y seguidores. Al pie de la cruz quedaron los fieles: su madre, las piadosas mujeres y el apóstol Juan. Ahora experimentaba la soledad de Dios. Hay que decir que el Padre no lo abandonó nunca, pero en la experiencia humana de Cristo, éste sintió la soledad de Dios.

 ¿En qué consistió la tentación de Jesús? En el evangelio que se proclama este domingo, solemnidad de Cristo Rey, los soldados y uno de los malhechores, le dicen a Jesús en dos momentos: si eres el rey de los judíos, el Mesías, «sálvate a ti mismo». Jesús es tentado de mostrar su realeza o su mesianidad política —que es lo mismo—, abandonando el camino de la cruz, es decir, la voluntad del Padre. No es la primera vez que Jesús experimenta esta tentación: durante su oración y ayuno en el desierto, también el diablo le incita a hacerse dueño de todos los reinos de la tierra, y a manifestar su poder con un milagro extraordinario arrojándose desde el pináculo del templo para que los ángeles vengan a tomarlo en sus manos. Cuando terminan estas tentaciones, Lucas, cuyo evangelio leemos en esta fiesta de Cristo Rey, dice que «el diablo se marchó hasta otra ocasión». Esa ocasión es la cruz.

Para comprender bien la tentación de Cristo conviene recordar unas palabras suyas dirigidas a los discípulos: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará». A la luz de este dicho entendemos que las palabras «sálvate a ti mismo» le sonaran en sus oídos como un reclamo a abandonar el camino que había propuesto a sus discípulos. «Salvarse a sí mismo» es la tentación del hombre que, dando la espalda a Dios, busca su realización personal mediante la glorificación de sí mismo. Cuando el ateísmo moderno alcanza su clímax con la expresión «Dios ha muerto», es porque coloca al hombre en el lugar de Dios. Es la tentación de  los ángeles caídos que quisieron ser dios. La que sugiere después la serpiente a Adán y Eva: seréis como dioses. La de los hombres que pretendieron construir la torre de Babel para arrebatar a Dios su señorío. Esa es la tentación que acecha a Cristo: «sálvate a ti mismo».

Jesús establece su reino, su señorío, perdiendo la vida por amor. Alcanza la gloria mediante la victoria de la cruz, que pone en entredicho todo intento del hombre por salvarse a sí mismo, que es por lo demás una empresa imposible. Entregando su vida, perdiéndola en aras del amor, Jesús la salva, porque, a pesar de experimentar la soledad de Dios, confía en él y sabe que lo levantará de la muerte y lo encumbrará a lo más alto de la gloria. «No bajó de la cruz, dice san Juan Pablo II, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas. Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como el primogénito de entre los muertos». He ahí su realeza, la que desea compartir con los hombres que pierden la vida para salvarla.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

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