DomNov13

Cuando Jesús entra en la sinagoga de Nazaret al inicio de su vida pública, anuncia, con palabras de Isaías, que viene a «proclamar un año de gracia del Señor». Afirma así que su actividad futura, - palabras y gestos – tienen que ver con la «gracia», es decir, la benevolencia y misericordia de Dios con el  hombre. Cristo es la Gracia en persona, la misericordia hecha carne. En su magnífico prólogo, el evangelio de Juan, dice lo mismo con otras palabras, al contraponer lo que hizo Moisés y lo que viene a hacer Cristo. Moisés, dice Juan, nos trajo la Ley; «la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo».

Gracia y Verdad. Dos palabras que dan sentido al evangelio de Cristo y a la vida del hombre. Sin Gracia y sin Verdad, el hombre es un ser abandonado a su destino de muerte. En Jesús se cumple lo que dice el salmo 45: «Eres el más bello de los hijos de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente».  ¿De qué belleza se trata aquí? De aquella, que, según Dostoievski, salvaría al mundo.  El escritor ruso pensaba en la belleza de Cristo, que se identifica con la gracia que trasmite su persona y que atraía a enfermos, pecadores, hambrientos y sedientos de verdad. Es la belleza que nos descubre nuestra realidad de criaturas nuevas cuando somos amados y perdonados por el Dios que nos has creado y redimido en Cristo. La belleza que descubrimos en María, «la llena de gracia».

Durante este año jubilar de la misericordia hemos experimentado con mayor intensidad la gracia infinita de Dios. Quienes han abierto sus manos para acoger el agua fresca y pura de la misericordia, sin dejarla escapar del cuenco de su necesidad, habrán percibido que Dios ama sin límites, hasta la donación de sí mismo. La misericordia de Dios llena la tierra y, aunque el problema del dolor y la oscuridad del pecado nos hacen dudar a veces de la misericordia de Dios, el amor es tan fuerte que desvanece toda duda, y la visión de Cristo crucificado sacude de nosotros toda turbación al entender que, si el Hijo de Dios nos amó de tal manera, es que el hombre está salvado y redimido para siempre. Basta que acoja la misericordia revelada en Cristo.

En todas las diócesis del mundo el domingo 13 de Noviembre se clausura este año de la misericordia. El Papa lo hará al domingo siguiente para la Iglesia universal. No hace falta decir que la misericordia continúa y que no se cierran las puertas de la gracia. Este año ha sido un tiempo espiritual intenso para renovar nuestra fe en el amor de Dios y en la capacidad del hombre para abrirse al perdón y ofrecerlo a los demás. Conviene que recojamos los frutos de este año y meditemos en ellos para no olvidar las grandezas de Dios. El hombre tiende al olvido. Pasa de lo eterno a lo efímero, de lo banal a lo sublime, en fracciones de segundo. Se olvida de lo que Dios ha hecho por él y con él. De ahí que la Escritura abunde en frases que comienzan: «Recuerda, Israel…». Y san Pablo dice a los cristianos: «Acuérdate de Jesucristo». En la memoria viva del cristiano el recuerdo de Cristo debe ser permanente, porque es la Gracia que nos salva. Pascal llevaba cosido en una parte de su hábito, para no olvidarlo nunca, el Memorial que había escrito cuando el fuego de Dios abrasó todo su ser con la experiencia de Cristo. La primera palabra que escribe es «fuego». «Quien se acerca a mí, se acerca al fuego», dice un dicho de Jesús. Y más adelante añade Pascal: «Jesucristo. Yo me he separado de Él, le he huido, renunciado, crucificado. Que nunca sea separado de Él». Esto es lo que pedimos al concluir el año de la misericordia. Memoria de Cristo para no ser jamás separado de él.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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