SábOct29

Domingo XXX TO: Jesús y Zaqueo, ¿Quién busca a quién?

El relato de la conversión de Zaqueo es el mejor comentario a una frase que san Agustín pone en labios de Dios: «Tú no me hubieras buscado si yo no te hubiese encontrado». El evangelio de Lucas cuenta las peripecias de Zaqueo, que, al saber que Jesús está en Jericó, hace todo lo posible por verlo. Como era bajo de estatura y la gente le impedía ver a Cristo, se sube a una higuera para saciar su deseo. Zaqueo busca ver a Jesús. Pero si leemos con atención el relato, descubrimos que esta búsqueda de Zaqueo coincide con la que Cristo realiza para encontrar al publicano. Al final del evangelio, Jesús afirma que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Por eso, Jesús, al pasar junto a la higuera, fija su mirada en Zaqueo y le dice que baje porque quiere comer con él en su casa. La libertad de Cristo es soberana: él mismo se invita a comer con Zaqueo. Entra en su casa, se sienta con él a la mesa y comparte su vida. Era la mesa de un hombre enriquecido con las extorsiones que había hecho en razón de su cargo de publicano. Jesús no hace ascos a sentarse con él porque para eso ha venido. Zaqueo era, sin embargo, muy pobre, porque el dinero acumulado con malas artes le hacía ser un pecador público, manchado por la mala fama. De ahí las murmuraciones de todos los que contemplaban la escena. Así las cosas, Jesús se sienta a la mesa de un pobre rico pecador. Como también lo fue Mateo, el publicano convertido en apóstol. Se cumple así otra sentencia de san Agustín, quien dice que Jesús, en su encarnación, ha venido a sentarse en la mesa de nuestra pobreza para hacernos ricos.

             Esto es lo que sucede en casa de Zaqueo. El ladrón se convierte a Cristo, confiesa públicamente sus pecados y promete dar la mitad de los bienes a los pobres y restituirles cuatro veces más de lo robado. El Zaqueo rico se hace pobre en lo material y rico de Dios. Su anhelo por conocer a Cristo se ha visto recompensado con el cambio de vida. Ha hallado a Cristo, que era en realidad quien le buscaba. Fue Cristo quien le salió al encuentro, se invitó a su casa y le ofreció finalmente la alegría del evangelio del perdón.

             La fe es una búsqueda que se inicia en el hombre por iniciativa de Dios. «No me hubieras buscado si yo no te hubiese encontrado». La historia de Zaqueo es un paradigma de la acción de Dios en el hombre. Dios utiliza todos los recursos y medios para hacerse el encontradizo con el hombre, desafiar su libertad, y ofrecerle una alegría indescriptible, sólo comparable a la inmortalidad. Estaba muerto, dice la parábola del hijo pródigo, y ha vuelto a la vida. ¿De qué hablarían Jesús y Zaqueo en aquella comida que le trajo la salvación? Podemos imaginar que de algo parecido a lo que habló Jesús con la samaritana: de la sed del hombre que sólo se sacia de Dios, del verdadero culto a Dios en la verdad, de la necesidad de vivir en el espíritu, y quizás del enorme peligro de las riquezas. Lo que es ciertamente claro es que Jesús se reveló a sí mismo, manifestó su grandeza y simpatía por el hombre y Zaqueo quedó vinculado a Cristo definitivamente. Y lo halló porque Cristo entró en su casa, se invitó a entrar en su intimidad. «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo -dice Jesús en el Apocalipsis-.  Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con el y él conmigo» (3,20). Zaqueo es el ejemplo del hombre que se ha dejado encontrar por Dios. Ha puesto lo que estaba de su parte por ver a Jesús, y ha dejado que Jesús hiciera el resto, aquello para lo que ha venido: buscar y salvar al hombre. Es el Evangelio en su desnuda pureza: Dios y el hombre buscándose mutuamente.

+ César Franco

Obispo de Segovia 

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