SábOct15

 

La relación del hombre con Dios suele tener un punto de conflicto en la oración. «Orar sin desfallecer» es el consejo de Cristo en el evangelio de este domingo, y pone como ejemplo a una viuda necesitada, a quien un juez injusto no atendía en sus reclamaciones. Harto de que le importunara, decidió hacer justicia con ella para que le dejara en paz. El mismo hecho de que Cristo utilice esta parábola nos previene sobre la lección que quiere darnos. Jesús concluye con un argumento a fortiori: si este juez inicuo termina haciendo justicia, Dios «¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas?»

La experiencia de los creyentes, sin embargo, parece contradecir la enseñanza de Cristo. Con frecuencia sentimos que Dios no escucha nuestras súplicas, y el tiempo pasa sin que nos llegue la gracia deseada. Así se expresa uno de los salmos de queja: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día?». He aquí la queja de quien se parece a la viuda que no encuentra justicia ante el juez. Y éste no es un juez inicuo, sino Dios.

 ¿Cómo entender esta contradicción? En el evangelio de hoy, Jesús da una pista importante para no desalentarnos cuando no conseguimos lo que pedimos: es preciso orar siempre sin desfallecer. Y al final de la parábola de la viuda inoportuna, deja caer esta pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra»? Se refiere a la fe en el Dios que escucha a los suyos y atiende a sus súplicas. Pero la oración no es un automatismo. Yo pido y recibo; yo llamo y se me abre; yo busco y encuentro. Todo automático. Dice un gran exegeta actual: «Si la oración recibiese automáticamente lo solicitado, entonces Dios sería transformado en una máquina que distribuye cosas. Pero él no puede ser una máquina distribuidora, sino una persona que comunica su amor. Una máquina distribuye, no comunica ningún amor, es solamente un automatismo. Dios es una persona… y la oración para él es el medio de establecer relaciones personales con cada uno de nosotros». De ahí que la fe se exprese en la súplica perseverante y confiada. Dios dará la gracia en su momento. Nunca deja de atender a los suyos, aunque parezca que tarda.

No hay que olvidar además que en ocasiones pedimos lo que no nos conviene, o pedimos para satisfacer nuestras pasiones, como dice Santiago en su carta. ¡Cuántas veces la oración está cargada de intereses egoístas! También rezamos mal cuando nuestra oración no va acompañada de buenas obras, y en especial del perdón a quien nos ha ofendido. Un corazón inmisericorde no es grato a Dios. Para orar necesitamos purificar el corazón y nuestras intenciones. Estas actitudes nos aproximan a Dios y alcanzamos su benevolencia para poder orar con las manos limpias de ira y con un corazón humilde y manso. Nos hacemos como el pobre que está a la puerta, con la mano extendida esperando la limosna. No exige. Confía y espera.

Por último, hay que decir que Dios nos somete a prueba. La oración tiene a veces el aspecto de una lucha del hombre con Dios. Como la lucha de Jacob con el ángel. Dios se hace valer cuando el hombre le asalta con sus ruegos, y prueba al hombre en la paciencia. Podemos decir que a Dios le gusta que le importunen para ver hasta qué punto se confía en su capacidad de escucha e interés por el hombre. Dice un poeta contemporáneo que Dios quiere perder en esta lucha, quiere ser vencido por los ruegos del que suplica. Es el hombre el que se da por vencido fácilmente. Le falta la constancia de la viuda para importunar al juez.

+ César Franco

Obispo de Segovia

           

            

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