VieOct07

Domingo XVIII TO. Los otros nueve, ¿dónde están?

El evangelio de hoy narra la curación de diez leprosos. Es una escena que describe muy bien la situación de los leprosos en tiempo de Jesús. No podían entrar en ciudades y pueblos, debían mantenerse a distancia de las personas, gritando fuertemente «impuro, impuro» para hacer notar su presencia. Por supuesto, estaban separados del culto sinagogal y quien se atreviera a tocar a un leproso se hacía igualmente impuro y no podía asistir al culto sin purificarse. Cuando un leproso se sanaba, debía acudir a los sacerdotes que verificaban la curación y le declaraban «puro» para poder reanudar la vida social y religiosa.

Cuando los diez leprosos ven a Jesús, que tenía fama de taumaturgo, se pararon a lo lejos y le gritaron: «Maestro, ten compasión de nosotros». Jesús no les cura de inmediato sino que les envía a los sacerdotes. Por el camino quedaron limpios de la lepra y sólo uno de ellos, al verse curado, se volvió hacia Jesús alabando a Dios con grandes gritos, según dice el evangelio. Había entendido que Jesús le había curado y su respuesta fue el agradecimiento. El evangelista subraya que era un samaritano, dando así a entender que los demás eran judíos. Este dato no es mera anécdota, pues es sabido que judíos y samaritanos eran enemigos irreconciliables. Al destacar este dato, el evangelista, que se dirige a cristianos procedentes de la gentilidad, critica indirectamente a los otros nueve leprosos que, olvidándose del milagro, siguen su camino para presentarse a los sacerdotes. Las palabras de Jesús son muy expresivas: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».

Dar gloria a Dios y agradecer sus dones son las actitudes más espontáneas de quienes han obtenido su favor. El leproso curado se arroja a los pies de Cristo, rostro en tierra, para agradecerle la curación. Es la imagen viva de la gratitud. También la Magdalena besó sus pies y los ungió con perfume, urgida por la gratitud. Y tantos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, se han postrado a los pies de Cristo para darle gracias por su compasión.

Los cristianos, como los judíos de tiempo de Jesús, estamos tan acostumbrados a sentirnos pueblo de Dios, que, con mucha frecuencia, olvidamos la acción de gracias. Somos como los amantes atrapados por la rutina que en raras ocasiones se dan las gracias por el amor recibido. Creen que todo se les debe. Incluso el amor, que es la mayor gracia que se nos puede conceder. Olvidamos que todos hemos sido curados de una lepra mortal, el pecado. Y hemos sido curados porque uno de nosotros, Cristo, el Hijo de Dios, ha asumido todas nuestras dolencias y enfermedades. En un musical sobre Cristo, hay una escena conmovedora, en la que se acercan a Jesús todo tipo de enfermos, pobres y excluidos, y se abalanzan sobre él para tocarlo y abrazarlo hasta que Cristo desaparece mezclado entre los que representan la miseria humana. La compasión de Cristo, según el profeta Isaías, consiste en haberse echado a sus espaldas todo el mal del mundo, los innombrables pecados de la humanidad para compadecernos y sanarnos. Nos hemos acostumbrado a esta compasión de Cristo y llegamos a pensar que se nos debía, que teníamos derecho a ser curados. No volvemos atrás, como el samaritano, dando gritos de alegría, para agradecer a Cristo su amor libre y gratuito. La queja de Jesús nos interpela con todo el dolor que reflejan sus palabras a causa de la ingratitud, pues la Iglesia se convierte, quizás sin advertirlo, en una comunidad de desagradecidos: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?»

+ César Franco

Obispo de Segovia

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