SábOct01

Domingo XVII TO: Comienzo de curso en el Seminario Menor.

Este domingo se abre el Seminario Menor. Dos sacerdotes, junto con seis adolescentes, forman lo que san Juan Pablo II llama «escuela de evangelio». Es una experiencia nueva que une la vida en comunidad con la vida de familia. Quienes hemos vivido en comunidad sabemos la riqueza que aporta a la formación de la personalidad el hecho de convivir juntos y compartir responsabilidades. Al ser un seminario, la riqueza se acrecienta por la presencia de Cristo en la Eucaristía, que es el centro mismo de la comunidad. Rezar en común, celebrar la liturgia y formarse en la vida del Espíritu es un regalo para quienes desean adquirir una personalidad cristiana y discernir si Dios les llama al sacerdocio.

Cuando Jesús llamó a los apóstoles creó una pequeña comunidad. Eran doce. Y con doce revolucionó la historia del mundo. Vivían en comunidad itinerante, de un sitio para otro. De vez en cuando, Jesús les enviaba a predicar y, a la vuelta, le contaban sus experiencias. Reposadamente les enseñaba los misterios del Reino, les hablaba del Padre y, sobre todo, les trasmitía su pasión por los hombres, su amor a los pecadores y pobres. Es una pena que los evangelios no nos hayan trasmitido algo más de estos encuentros de Jesús con los doce. Respondería a sus dudas y preguntas. Les animaría si la tarea les resultaba penosa. Y, sin lugar a dudas, disfrutarían de momentos de convivencia inolvidables. San Juan, uno de los primeros llamados por Cristo, recuerda el primer día que pasó con él y deja constancia de la hora de aquel encuentro: eran las cuatro de la tarde.

 Nuestro seminario es un lugar abierto para quienes desean experimentar la vida comunitaria con Cristo en medio. Queremos desarrollar una cultura vocacional, algo que escasea en nuestra sociedad. Me explico: se habla poco de la vocación. No me refiero a las vocaciones específicas: matrimonio, sacerdocio, vida consagrada. Me refiero a la vocación en sí. Porque la vida, en sí misma, es vocación, llamada. Nadie se da a sí mismo la vida. La recibimos de Dios y de los padres. Y empieza una llamada a vivir, como hombre o mujer, y descubrir el sentido de mi lugar en el mundo, de lo que Dios quiere que haga. En mi trato con adolescentes y jóvenes, me sorprende la dificultad que experimentan cuando tienen que expresar para qué quieren vivir, qué esperan de la vida, qué desean aportar a la sociedad. Viven sin vocación, sin llamada. Puede interesarles una carrera, ganar dinero, alcanzar un bienestar, pero viven sin la vocación de construirse a sí mismos respondiendo a las preguntas esenciales. No existe una cultura vocacional, de ahí que cueste tanto encontrar la propia vocación. Nuestro seminario quiere contribuir a esto: a vivir atentos a la llamada, que en último término es llamada de Dios.

En una carta de Unamuno a un universitario desalentado, que se quejaba de que sus compañeros no le entendían porque aspiraba a algo más que pasarlo bien en esta vida, le da estos valiosos consejos: «Busca el ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero… En vez de decir, ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete a ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso; “doy cuanto tengo”, dice el generoso; “doy cuanto valgo”, dice el abnegado; “doy cuanto soy”, dice el héroe; “me doy a mí mismo”, dice el santo; y di tú con él, y al darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello, tienes que hacerte universo, buscándote dentro de ti. ¡Adentro!».

            «Mar adentro», dijo Jesús a los doce. Hoy son seis los que se animan a remar.

            

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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