SábSep03

            El evangelio de este domingo es oportuno para comenzar un curso. Todos hacemos planes. Programamos. Nos sentamos a recapacitar sobre los recursos que tenemos para realizar proyectos. También Jesús nos invita a hacerlo, pero desde una perspectiva radicalmente nueva: para seguirle, dice, hay que dejar todo. Desconcierta su radicalidad. Pero sus palabras son claras: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Y a continuación cuenta dos parábolas que invitan a la prudencia antes de tomar la decisión de seguirle: un rey que quiere batallar contra otro, dice, no se arriesga si antes no se asegura de tener un ejército superior al del enemigo. Un constructor que quiere hacer una torre, no empieza la tarea sin cerciorarse de que tiene medios para terminarla. De lo contrario, ambos serán el hazmerreír de todos. La conclusión de estas parábolas la saca el mismo Cristo al final del evangelio: «El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».

            La pregunta surge espontánea: Entonces, ¿quién puede ser discípulo? Hasta los que siguen a Jesús se quedan con algo en la trastienda. Que sepamos, sólo san Francisco se quedó desnudo en mitad de la plaza cuando determinó seguir a Cristo, después de haber dado todo a los pobres. Se dice que el obispo tuvo que vestirlo con su propia capa para evitar que le vieran desnudo… Hay pocos san franciscos. Volvemos a la pregunta: ¿Quién puede ser discípulo? En primer lugar, quien se tome en serio estas palabras de Cristo, quien crea que son verdad. Nadie, en efecto, que no posponga todo a Cristo, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo suyo. La razón no está en lo que vale todo lo que dejamos: nada más grande que los propios padres, la mujer y los hijos, la vida misma. Pero ahí no está la clave. La clave es Cristo, que vale mucho más. Él es todo. Nos faltan palabras para decir su valor: es el tesoro del hombre, la verdad eterna, la luz infinita, la resurrección de la carne, el perdón de todos los pecados. Es el Redentor del hombre, el Juez universal, la Belleza que salva al mundo y el Bien absoluto. Cuando uno se encuentra con él de verdad, lo que asombra es que se fije en nosotros, nos mire y ame con nuestras miserias, confíe en nuestras pobres y vacías manos, se atreva a buscar nuestra compañía, tantas veces engañosa e interesada. Ante esta confianza desmedida, a uno sólo se le ocurre decir como Pedro: «apártate de mí que soy un pecador». Es entonces cuando uno arriesga todo por seguirle, porque, sin él, se queda pobre y desnudo, tirado en el muladar de un mundo miserable, del que sólo él se ha compadecido de verdad.

            Sí, amigos, pensémoslo bien antes de seguirlo, porque Cristo es todo, y en él, como dice un antiquísimo himno de la Iglesia, todo tiene su consistencia. No dejéis que pase la Vida por delante, y optéis por la muerte; no dejéis que os mire el Amor, y desviéis la mirada como el joven rico. Os iréis tristes. Mirad a Cristo cara a cara, calculad si podéis librar la batalla y acabar la torre. Pero no hagáis los cálculos sin contar con él, con su fuerza y sabiduría. Sólo os pide que no antepongáis nada a él, como decía san Benito. Os pide que améis a vuestros padres, hijos, maridos y esposas, y a vosotros mismos, como dones que él os ha dado, porque él nos precede en todo, también en la riqueza de lo que somos y tenemos. Amemos sin condiciones, porque también Cristo ha dicho que quien ama así y le siga posponiendo todo, recibirá aquí cien veces más y poseerá la vida eterna. ¿Verdad que es una forma preciosa de plantear un curso?

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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