JueAgo25

         

Jesús es un atento observador del comportamiento humano. El evangelio de hoy dice que, al ser invitado a un banquete, observó que muchos buscaban ocupar los primeros puestos. Y, tomando pie de este hecho, contó una parábola en la que el anfitrión de un banquete tuvo que desplazar a quienes habían ocupado los sitios más relevantes hacia los menos honrosos, al llegar invitados de más honor. De ahí la conclusión de su enseñanza: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». Si te ensalzas a ti mismo, quiere decir Jesús, corres el riesgo de que te pongan en tu sitio, pasando vergüenza pública. Si, por el contrario, te humillas escogiendo el último lugar, te ensalzará quien conozca tus méritos.

            Buscar la gloria, el brillo social y la alabanza de la gente es condición humana. Dejarse llevar de esta actitud, sin embargo, denota poca inteligencia y mucha vanidad. Siempre hay alguien que nos supera en ciencia, prestigio, capacidad intelectual. Jesús aconseja no buscar la gloria de los hombres. No hay que olvidar que también él, como Mesías, fue tentado de vanagloria. En las tentaciones del desierto, el diablo lo llevó al pináculo del templo y le dijo que se tirara desde lo alto para que los ángeles vinieran a recogerlo sin que su pie tropezara en ninguna piedra. El espectáculo estaba servicio. Aplausos de la gente, admiración pública, gloria mundana. También sus conocidos de Nazaret le pidieron que hiciera los milagros que había hecho en otros lugares. Se negó a ello. Cuando Pilato le envió a Herodes para intentar liberarlo de la muerte, éste pidió a Jesús que hiciera algún milagro, pero Jesús respondió con el silencio. Despechado por la negativa, Herodes le vistió con una túnica blanca, teniéndolo por loco, y lo devolvió a Pilato. Jesús, por tanto, ha conocido la tentación de la vanagloria y nos advierte del peligro.

            También en relación con los banquetes, Jesús brinda otra norma, más desconcertante. Aconseja convidar, no a quienes, en señal de agradecimiento, pueden a su vez invitarnos —familiares, amigos, vecinos ricos— , sino a pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no podrán responder a la invitación. ¿Acaso está mal invitar —nos preguntamos— a los que amamos sin buscar por ello que nos devuelvan la invitación y nos paguen así nuestro gesto?

            El  consejo de Jesús adquiere su sentido en las palabras últimas, que son una especie de bienaventuranza, pues comienzan con las palabras «dichoso tú». Invitar a los pobres nos hace dichosos, porque ellos no pueden pagarnos el gesto. «Te pagarán, dice el Señor, cuando resuciten los justos». Y es fácil reconocer que entre la invitación y la paga no hay proporción. Jesús aconseja no pensar en la paga que recibimos de los hombres, que siempre será con moneda de este mundo y pasajera, sino en el premio que recibiremos cuando resuciten los justos, alusión clara a nuestra propia resurrección, a saber, a la certeza de que un día podremos sentarnos, en el banquete eterno, con nuestro propio cuerpo, al lado de Cristo, en la gloria de Dios. Jesús no critica en absoluto la costumbre social del banquete entre familiares, amigos y conocidos. Él mismo se dejó invitar en varias ocasiones y compartía el gozo de la amistad en casa de Lázaro, Marta y María. Critica, más bien, la intención que dirige nuestros actos; en este caso, el que nos devuelvan la invitación, el reconocimiento de lo que hemos hecho. Y nos exhorta a la máxima generosidad: a hacer cosas sin pensar en recompensas humanas, sino en la única recompensa que irá mucho más allá de lo que el hombre pueda imaginar, porque es la que sólo Dios puede concedernos: la resurrección final.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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