SábAgo20

Hay preguntas a las que Jesús no quiere dar respuesta porque reflejan curiosidad morbosa. Por ejemplo, la del número de los que se salvarán, que aparece en el evangelio de hoy. Jesús no responde, y reacciona con una llamada a tomarse en serio la salvación eterna. «Esforzaos, dice, por entrar por la puerta estrecha». Jesús, en línea con la enseñanza sapiencial, retoma la idea del camino, o la puerta, que conduce a la vida. Exige esfuerzo, renuncia, fidelidad. Hay que esforzarse para entrar. Y añade algo que nos afecta de modo directo a quienes tenemos una relación personal con Cristo. Pensamos muchas veces que, para salvarse, basta una relación externa con él: haber comido y bebido con él, haberle tratado familiarmente. Cuando la puerta del Reino se cierre y muchos pidan que se les abra en razón de este trato y familiaridad, el amo de la casa les dirá: «No sé quiénes sois, alejaos de mí malvados».

Por mucho que queramos suavizar estas palabras de Cristo, pues molestan a la sensibilidad actual, son palabras duras que requieren atención. Jesús no es dado a rebajar las exigencias del Reino de Dios. Todo lo contario: las presenta con toda claridad y sencillez. Si el hombre no se toma en serio la salvación, puede encontrarse con la puerta cerrada por mucho que insista en que le abran. ¿Qué quiere decir esta seria advertencia de Cristo? Jesús se refiere a los miembros del pueblo de Israel, que, por descender de los grandes patriarcas —Abrahán, Isaac, Jacob— podían pensar que tenían asegurada la entrada en el Reino de los cielos. Elegidos por Dios para ser su pueblo, tenían el riesgo de dormirse en los laureles, y creer que bastaba su título de ser los «primeros» en la elección para asegurarse el premio eterno. Jesús les dice que vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y el Sur, es decir, de pueblos paganos, y se sentarán en la mesa del Reino mientras ellos serán echados fuera, porque hay «últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». Cuando Lucas escribe su evangelio ha comenzado ya la misión entre los gentiles. Él ha sido compañero de Pablo en la misión y es testigo de que los gentiles reciben el evangelio con alegría y se adhieren a Cristo. Son los últimos, pero su respuesta de fe les coloca por delante de los primeros.

También en nuestro tiempo esta advertencia de Jesús tiene aplicación. Podemos pensar que por el hecho de pertenecer a la Iglesia y participar de vez en cuando en la liturgia, ya tenemos el cielo ganado. No cabe duda de que el cristiano debe cumplir con sus obligaciones en cuanto miembro de una comunidad creyente. Pero no basta una espiritualidad de mínimos, ni —como dice Jesús— darse golpes de pecho y llamarle Señor. Hay que esforzarse por entrar por la puerta estrecha: practicar la justicia y la misericordia; vivir en coherencia con el evangelio; luchar contra el mal en todas sus formas; compartir nuestros bienes con los necesitados; lanzarnos con pasión a la evangelización; acoger en nuestra vida el espíritu de las bienaventuranzas, que es la ley de Cristo para los suyos. Quien vive así no debe temer que le cierren la puerta del Reino. Por eso, lo importante no es conocer el número de los que se salvan, ni el puesto que van a ocupar en la mesa del Señor. Lo importante, dice Cristo, es hacer todo lo posible por entrar, por no quedar fuera, para que el amo de la casa no tenga que pronunciar unas palabras estremecedoras:  «no os conozco». No podemos decir que Cristo no habla claro. No es un adulador de oídos pusilánimes o seguros de sí mismos. Es la Verdad que nos ayuda a trabajar cada día por entrar  en el Reino de los cielos.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

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