MiéAgo10

Hay palabras de Jesús que sólo se entienden a la luz de la opción que el hombre tome por él. Son palabras que ponen de relieve la decisión a favor o en contra de Jesús. Su persona aparece como un «signo de contradicción», porque, aun habiendo dado signos de creer en él, muchos lo rechazaron y lo rechazarán hasta el fin de la historia. Una de esas enigmáticas palabras es la que aparece en el texto del evangelio de este domingo. Dice Jesús: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división». La contradicción que suponen estas palabras reside en el hecho de que, al nacer Jesús, los ángeles cantan gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor. San Pablo dice que Cristo es «nuestra paz». Y el propio Jesús se opone a todo tipo de violencia y discordia entre los hombres. ¿Por qué dice que trae división?

Antes de hacer esta afirmación, Jesús habla de su propio destino con palabras simbólicas, cargadas de significación. Dice: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!» (Lc 12,49-50). La imagen del bautismo alude claramente a la muerte que tiene que padecer. Su destino se cumplirá de modo trágico en la cruz. Paradógicamente, su muerte que trae la paz, se lleva a cabo por la división que su persona ha causado entre los hombres: los que le acogieron y los que le rechazaron. Cristo, por tanto, ha provocado la división entre los hombres a causa de la decisión que éstos han tomado ante él. Y esa decisión permanece. Jesús utiliza el ejemplo de la familia para mostrar que entre sus miembros puede darse el caso de la división a causa de su persona: unos creen, otros no. Sabemos, además, que esta división es fuente, en ocasiones, de serios conflictos.

Cristo, ciertamente, es el Príncipe de la paz, como lo llama Isaías. Ha venido para establecer la paz entre Dios y los hombres. Pero esa paz se recibe o no libremente, mediante la fe en él. A lo largo de su vida, y especialmente en su pasión, Jesús enseña a los suyos a ofrecer siempre la paz, a resolver los conflictos entre los hombres mediante el perdón y la misericordia, a no vengarse de nadie y a amar a los enemigos. Sus primeras palabras en la cruz fueron para excusar a quienes lo crucificaron porque no sabían lo que hacían. Y, una vez resucitado de entre los muertos, otorga la paz a los apóstoles para que a su vez la entreguen al mundo con el sacramento del perdón. El secreto es que la paz que Jesús otorga no es como la que da el mundo. Se trata de una paz no exenta de contradicción, la misma que sufrió él. Por eso, dice a los suyos que también ellos experimentarán la división que él ha traído. En este sentido, el destino de los cristianos está íntimamente unido al de Cristo. Desde el comienzo del cristianismo ha habido mártires, que han experimentado en su propia carne la división de la que habla Jesús. Han sido bautizados, como Cristo, en su propia sangre. Jesús advierte en más de una ocasión a los discípulos que el siervo seguirá la misma suerte que su Señor, porque el discípulo no es mayor que su Maestro.

Cuando Jesús es arrestado en Getsemaní, uno de los que estaban con él sacó la espada para defenderlo y cortó la oreja a un siervo del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: que todos los que empuñan estapa, a espada morirán» (Mt 26,52). Nada hace Jesús para defenderse, ni presenta resistencia a su detención. Su misión es traer la paz a este mundo dividido y enfrentado por muchos odios y rencores. La paradoja está en que, quien trae la paz, siembra división a favor o en contra de él.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

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