JueAgo04

Pocos avisos se repiten tanto en labios de Cristo como el de estar preparados para el día de su retorno. Su partida dejó a la comunidad cristiana con la incertidumbre de su vuelta, que él había anunciado. En un primer momento se esperaba que retornara pronto, pero enseguida comprendieron los cristianos que la espera se dilataba y que lo importante era vigilar y estar siempre dispuestos a recibirlo. La vigilancia es la actitud de quienes esperan a su Señor, al dueño de la casa, que vendrá como el ladrón, sin avisar, de improviso.

Esta incertidumbre sobre el día y la hora del retorno de Cristo es una advertencia para que nadie se crea dueño de la casa. En el evangelio de hoy, Jesús advierte a Pedro, el primero de los Doce, de caer en actitudes despóticas con los demás servidores, pensando que el Señor tarda en venir. Cuando nos creemos dueños de la Iglesia podemos cometer excesos de todo tipo. Por el contrario, quien mantiene viva la espera del Señor, tiene ceñida la cintura y encendidas las lámparas para servirlo apenas llegue. Es la actitud del cristiano prudente que ama a su Señor. Jesús no nos ha revelado el día y la hora de su venida para sorprendernos desprevenidos como si desconfiara de nosotros. Lo ha hecho para que vivamos con el alma vigilante, en tensión, sin poner el corazón en lo efímero. Por eso, entre los consejos que da, mientras esperamos, está el de vender bienes para hacer limosnas de forma que atesoremos en el cielo y no en la tierra, donde los ladrones roban y las polillas roen. El Señor quiere que nuestro corazón esté enraizado en él y dispuesto a recibirlo.

El premio de esta vigilancia es sorprendente. Dice Jesús que si, al llegar, encuentra a los criados vigilando, él mismo los sentará a la mesa, se ceñirá y los irá sirviendo. Tal comportamiento era propio de esclavos, no de señores. Aparece aquí la paradoja evangélica del Señor convertido en siervo. Desde la Encarnación hasta la cruz ha cumplido lo que dijo: he venido a servir y a dar la vida en rescate por muchos. El magisterio de Cristo alcanza su clímax en la última cena. Ante la disputa de los apóstoles sobre quién de ellos era el mayor, Jesús deja claro que él está en medio de ellos como el que sirve, a pesar de ser el Maestro y Señor. La imagen sorprendente de ceñirse una toalla a la cintura para lavar los pies a los discípulos no deja duda de que se entiende a sí mismo como Siervo. En vistas a este servicio abandonó la gloria que tenía junto a Dios y descendió a nuestra condición mortal; se anonadó hasta la muerte y muerte de cruz; y, después de resucitar, no nos abandonó definitivamente sino que permanece entre nosotros en el sacramento más humilde y misterioso que podemos imaginar: el de la Eucaristía. Es difícil imaginar un servicio mayor: Dios al alcance de la mano, convertido en un bocado de pan consagrado que vela y revela al tiempo el amor supremo, la entrega sin reservas, el servicio a su pequeño rebaño, que espera a su Señor. Quienes mejor entienden que hay que esperar su regreso, y vigilan con la prudencia de las vírgenes sabias y la sencillez de los siervos que no aspiran a nada, son los que adoran esa presencia escondida y fecunda en los sagrarios de nuestras ciudades y pueblos. Ahí está el Señor alimentando la espera; está Dios sometido al tiempo y espacio de nuestra vida; está el dueño de la casa vigilando también, esperando el momento de desvelarse de modo definitivo. Por eso se ha dicho que será durante la celebración de la eucaristía cuando el Señor vuelva glorioso y cese la apariencia del pan y del vino para dar paso a la mesa celeste donde el Señor nos sentará para servirnos.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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