SábJul30

A medida que el hombre se cierra a Dios, se bloquea en él el pensamiento de la muerte. Es el síndrome de la avestruz que esconde la cabeza en un agujero para no ver el peligro. Este tipo de hombre, incapaz de mirar la muerte de frente, en la antigüedad era considerado necio, porque perdía el horizonte de su existencia finita. Sabio era, por el contario, el que pensaba en la muerte, consideraba su término temporal y se preparaba a morir, consciente de que sólo así dignificaba sus días. Filosofar era sinónimo de aprender a morir.

Es lógico que, cuando el hombre deja de pensar en Dios y en el más allá, se aferre al más acá, y ponga su nido en las cosas de la tierra, se torne codicioso, con la ingenuidad poco contrastada de que así será feliz. ¿Pueden las cosas de este mundo, o el mundo entero, saciar la sed de infinitud que habita al hombre? ¿Pueden las riquezas hacerle verdaderamente feliz?

En el evangelio de hoy, un oyente pide a Jesús que interceda ante su hermano para que reparta la herencia con él. Jesús, dirigiéndose al público, dice que se guarden de toda clase de codicia porque, aunque uno ande sobrado, la vida no depende de sus bienes. Lo sabemos por experiencia. Jesús no dice nada nuevo. Hasta los más ricos y poderosos de la tierra mueren como los más pobres, irremediablemente. Jesús cuenta entonces la historia de un rico que, al tener una gran cosecha, se dio cuenta que no tenía dónde almacenarla. Pensó entonces derribar los graneros que poseía y construir otros más grandes, capaces de guardar todos sus bienes hasta el fin de sus días. Y se decía así mismo: «alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente». En estas andaba, dice Jesús, cuando Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?». Y, como colofón  de la historia, concluye Jesús: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,19-21).

¿Quién no conoce historias semejantes? La codicia no tiene límite, se autoalimenta con el afán de agrandar el granero. Jesús lanza primero una pregunta que desvela lo absurdo de almacenar bienes que serán para otro, porque la muerte impide gozarlos a quien los atesora. El fin de muchas fortunas termina en la Hacienda pública o en disputas feroces de herederos, legítimos o advenedizos. La segunda afirmación de Jesús nos sitúa en el plano de la transcendencia, el que los codiciosos olvidan: así es el fin de quienes atesoran para sí y no son ricos ante Dios. Naturalmente, quien no cree en Dios quedará frío ante esta consideración. Jesús llama necio al que vive así, porque hacerse rico para sí mismo, cuando tenemos los días contados, sólo se justificaría si la riqueza tiene un fin social, y se convierte en ayuda para otros. Pero no es esta la perspectiva de la parábola, que busca poner en evidencia la necedad de una vida en la que todo se ve de tejas para abajo. Por eso Jesús advierte del peligro que tiene la codicia. Cuanto más grande es el imperio que uno logra, más trágico es el fin que le espera sin el horizonte de Dios y de la inmortalidad. Al final, se queda sólo consigo mismo y con sus bienes, como muestra la genial película «Ciudadano Kane», un magnate ambicioso que, cuando muere totalmente solo, pronuncia el nombre del trineo con que jugaba en su niñez, la única etapa de su vida en que fue feliz. Normalmente el codicioso tiene el alma fría, es insensible a las necesidades de los demás, vive obsesionado por los bienes, volcado en sí mismo, enterrado ya en vida entre sus bienes. Olvida que cada día que pasa es un día que le gana la muerte en su llegada. Es un necio.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

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