SábJul23

 

Jesús no sólo nos ha dicho que debemos orar, sino que nos ha dejado la mejor oración para dirigirnos a Dios: el Padre Nuestro. La compuso él mismo a petición de los apóstoles y la recitamos dentro de la Eucaristía. Es la oración perfecta: en ella nos dirigimos a Dios con las palabras de Cristo y pedimos lo que realmente necesitamos. En el evangelio de hoy leemos la versión de Lucas, más breve que la de Mateo recitada en la liturgia. Como Lucas es el evangelista de la misericordia, ha puesto el acento en el perdón que debemos otorgar a los demás, a imagen del que recibimos de Dios. Lucas, además, añade algunos consejos para no desanimarnos en la oración. Jesús exhorta a insistir cuando no recibimos de inmediato lo que queremos. Y pone un ejemplo que nos anima a confiar en que Dios nos concederá lo que le pidamos. Dice que si ninguno de nosotros, aunque seamos malos, da a su hijo una piedra cuando le pide pan, ni una serpiente por un pez, ni un escorpión cuando le pide un huevo, ¡cuánto más Dios nos dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!

Estas palabras suscitan en nosotros una cierta perplejidad. Normalmente, cuando pedimos a Dios algo, hacemos como nuestros hijos: pedimos cosas materiales: pan, alimento, vestido, salud. No somos tan perfectos como para pedirle el Espíritu Santo. Parece que Cristo se evade de las necesidades normales de los hombres a las que parece aludir cuando dice: «pedid y se os dará», «llamad y se os abrirá», «buscad y hallaréis». ¿Qué persona corriente, cuando va a orar, pide lo primero el Espíritu Santo?

Las palabras de Jesús no son una evasiva. Concuerdan con otras del sermón de la montaña donde Jesús exhorta a sus discípulos a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se nos dará por añadidura. Si nos acostumbráramos a pedir lo verdaderamente necesario, seguramente el resto de nuestras necesidades quedarían en segundo término y dejaríamos en manos de Dios, Padre bueno y providente, la solución de muchos problemas. En ocasiones, dice el apóstol, pedimos y no recibimos porque pedimos mal. Sólo Dios conoce lo que en cada momento necesitamos. Esto no significa que no podamos acudir, como pobres, ante el Señor de toda dádiva. Jesús invita a venir a él a todos los cansados y agobiados para ser aliviados. Toda necesidad es objeto de la oración, pero no podemos olvidarnos de lo fundamental. En el Padre Nuestro, la mayoría de las peticiones hacen referencia a realidades espirituales: el Reino de Dios, el perdón de los pecados, la tentación a que nos vemos sometido, la victoria sobre el mal. Son peticiones esenciales, que Lucas sintetiza en pedir el Espíritu Santo.

 Debemos descubrir la belleza de la oración del Señor y recitarla con sus propios sentimientos, nunca a la ligera. Dice santa Teresa de Lisieux que, al orar con ella, era tanto lo que le decía la primera palabra —Padre— que no conseguía seguir adelante considerando lo que significaba poder llamar así a Dios. En realidad, si lo pensamos bien, Cristo, al enseñarnos a orar, nos ha introducido en su más profunda intimidad y nos ha revelado sus propios sentimientos, su relación personal con Dios, a quien nos permite llamar Padre. Por eso produce tanta tristeza que haya cristianos que no conozcan esta oración, la recen con rutina o la hayan olvidado. Viven en lo que Eugenio D´Ors denominaba «la orfandad de los que nos saben rezar el Padre Nuestro». Es una dramática orfandad que Cristo nos quiso evitar cuando enseñó a los suyos esta oración. Bien rezada, es la síntesis perfecta de la enseñanza de Cristo sobre Dios y sobre lo que todo hombre necesita pedir en su camino por este mundo.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

            

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