VieJul08

 

            Hay preguntas que son claramente retóricas y buscan justificarnos ante los demás. Es la que plantea el maestro de la ley a Jesús en el evangelio de hoy. Dice Lucas que, «queriendo justificarse» por haber preguntado algo que debería saber —¿cómo alcanzar la vida eterna?—, y habiéndole Jesús mostrado que el camino para lograrla era el amor a Dios y al prójimo, el rabino le hace esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús, en lugar de responder directamente, le cuenta una historia a modo de parábola, conocida como la del buen samaritano. En esta parábola, que, según algunos estudiosos, podría estar basada en un hecho real ocurrido por aquellos días, un judío que bajaba de Jerusalén a Jericó fue atacado por salteadores que le dejaron medio muerto al borde del camino. Tres personajes se cruzan en esta historia: un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros pasaron de largo, posiblemente porque subían al templo a orar y no podían perder la pureza ritual con la sangre de un malherido. El tercer personaje era un samaritano, que fue quien se compadeció de él, curó sus heridas con aceite y vino, lo montó en su cabalgadura y lo llevó a una posada donde encargó al posadero que cuidara de él hasta que a su vuelta le pagara lo que había gastado con sus atenciones.

          Es de sobra conocido que en el tiempos de Jesús, judíos y samaritanos se consideraban enemigos irreconciliables. Les separaban no sólo la tierra —la Samaría pagana y la Judea religiosa— sino su concepción del culto y otras tradiciones. Baste recordar como ejemplo de esta enemistad las palabras de la samaritana a Jesús cuando éste, sentado sediento junto al pozo de Jacob, que está en Samaría, le pide de beber. La mujer, sorprendida, le dice: ¿cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?

            El hecho de que Jesús haya escogido al samaritano como el único que se compadece del judío apaleado y herido al borde del camino, es el dato que centra la enseñanza de la parábola y prepara la respuesta de Jesús a la pregunta del maestro de la ley: ¿Quién es mi prójimo?  Jesús deja claro que el prójimo es el que nos necesita en cualquier momento, aunque sea un enemigo nuestro. La caridad no conoce diferencias de clase, cultura, raza o religión. Prójimo es el necesitado de nuestra ayuda, cualesquiera que sea la circunstancia en que se encuentre. Así lo entendió enseguida el maestro de la ley, cuando, al acabar la historia, Jesús le preguntó: «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». La respuesta no se hizo esperar: «El que practicó la misericordia con él». Y Jesús remachó su argumento: «Anda y haz tú lo mismo».

            Nuestro concepto de prójimo adolece de muchos prejuicios. Amamos a los que nos aman. Hacemos el bien a amigos y compañeros. Ayudamos a quienes pueden devolvernos el favor. O discriminamos en razón de conveniencias sociales, religiosas y políticas. Jesús critica estás posturas en varios pasajes del evangelio. ¿Qué mérito tenemos, nos dice, si amamos a los que nos quieren? Amar al enemigo, incluso al enemigo de Dios, es nota distintiva del cristiano. Así hicieron los mártires perdonando a sus verdugos que actuaban con odio a la fe. Jesús tuvo por prójimos, y los trató con compasión, a publicanos y prostitutas, a sus verdugos y torturadores, a leprosos intocables y marginados de la sociedad y del culto a Dios. Tuvo por prójimos a los ladrones crucificados con él, y a uno de ellos, que le pidió acordarse de él, le prometió el Reino de los cielos. Toda persona es prójimo, y para alcanzar la vida eterna hay que cumplir la sentencia de Cristo: «Anda y haz tú lo mismo».

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

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