SábJul02

La verdadera alegría


 

El hombre tiende a enorgullecerse de sus propias obras. Todos caemos en la autocomplacencia, y nos gusta el incienso del reconocimiento público. Negarlo sería hipocresía. Jesus advierte del peligro de buscar la gloria unos de otros y no la de Dios. Títulos, homenajes, honras humanas, es el modo que tenemos los hombres para pagar servicios, destacar hallazgos, o simplemente dejar constancia de hechos laudables y meritorios. Nada de malo hay en ello si el hombre no se hincha con la vanidad o el deleite interior de pensar que todo le es debido. Los santos han huido del elogio, la adulación y las honras mundanas. Como vulgarmente se dice, se han puesto el mundo por montera, han practicado la humildad y han buscado siempre la aprobación de Dios, no la de los hombres. Dicen que cuando san Juan de Ávila agonizaba, una piadosa mujer que le tenía por maestro le recordaba todo lo que había hecho por Dios y por la Iglesia, y el santo replicó: no seré yo quien le recuerde a Dios todo eso.

En el evangelio de hoy, Jesús recuerda a los setenta y dos discípulos, antes de enviarles a predicar, que han sido investidos de un gran poder para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.  Es una forma simbólica de revelarles que participan de la misma autoridad y poder de Cristo, quien empieza por decir que ha visto a Satanás caer desde el cielo como un rayo, metáfora que alude a su derrota. ¿Quién no se alegraría de un poder semejante? ¿No es el argumento de tantas películas de héroes y superhombres que vencen el mal ante la admiración del mundo? ¿No lucha el hombre por ser coronado de gloria y poder como una forma de autoafirmación y de pasar a la posteridad?

Jesús, sin embargo, advierte a los suyos de que no deben poner su alegría en ese poder recibido, aunque venga de Dios. También él fue tentado por Satanás con la vanagloria de signos portentosos, que mostraran su mesianismo. Sus discípulos no deben alegrarse porque los espíritus se les sometan y triunfen sobre los poderes malignos. «Estad alegres, les dice, porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». ¿Qué diferencia hay entre uno y otro motivo de alegría? ¿Acaso la victoria sobre el mal no debe alegrarnos? ¿Y la salvación final no depende en definitiva de nuestras obras buenas? Sí y no. Es claro que la lucha contra el mal llena de gozo y produce la mayor satisfacción a la que el hombre puede aspirar, la que está en el fondo de toda obra verdaderamente humana, que el mundo premia con aplauso y homenaje. Pero, en la batalla contra el mal, el hombre no triunfa con su propio poder y eficacia. Es superior a sus fuerzas vencer el mal moral, el mal que se personifica en el espíritu diabólico. En los crímenes del terrorismo, por ejemplo, y las masacres de inocentes sabemos que hay un poder oculto, siniestro, que ningún poder humano puede vencer por mucho que lo intente. Es el mal personificado en el ángel caído que busca perder al hombre, incluso a los amigos de Cristo, a sus enviados, contra los cuales se revolverá siempre con la envidia homicida del origen, que acabó con la pureza de los primeros padres. Contra ese poder, sólo puede Cristo y los suyos en la medida en que sean conscientes de que también ellos están sujetos a la posibilidad de la corrupción, como bien sabemos por experiencia propia y ajena. Por eso, Jesús, recuerda a sus discípulos que la verdadera alegría no está en los milagros que puedan hacer, en los éxitos apostólicos, sino en la conciencia de que sus nombres están escritos en el cielo, es decir, en la misericordia divina que ha tenido a bien salvarlos de antemano, protegerlos de todo mal, y destinarlos por pura gracia a la vida sin fin.

 

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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