VieJun17

 

Estamos convocados a las urnas el día 26 de Junio. En muchos se ha instalado el desencanto ante el fracaso de la formación del gobierno, la desconfianza en los políticos y cierto escepticismo sobre el futuro. Son actitudes que pueden minar la responsabilidad que tenemos en la construcción de una sociedad mejor, que requiere la participación de todos, no sólo con nuestro voto, sino con el trabajo diario en pro de los valores que defendemos desde nuestra visión sobre el hombre y la sociedad, que todos queremos más justa y solidaria.

            Construir una sociedad humana de verdad es un deber y un derecho de todo ciudadano, también de los cristianos que debemos considerar la política como un campo propio de nuestra vocación y misión en el mundo. El papa Francisco acaba de decir en una reunión con jueces y fiscales que «la Iglesia está llamada a comprometerse. O sea, no cabe el adagio de la Ilustración, según el cual la Iglesia no debe meterse en política. La Iglesia debe meterse en la gran política». Y recordó al beato Pablo VI, quien definió la política como «una de las formas más altas de la caridad», porque exige preocuparse del bien común, al que deben tender todas las fuerzas de la sociedad. La «caridad política» es la actitud propia de gobernantes y gobernados que, superando sus propios intereses particulares y de partido, deben luchar por el respeto de la dignidad de toda persona y de sus derechos inalienables y el verdadero progreso de la sociedad que sólo puede desarrollarse atendiendo a la justicia, a la verdad y a la caridad con los más pobres y necesitados. En este sentido, la caridad política es una forma eminente y heroica de la caridad. ¿Será por ello que cueste tanto llevar un político a los altares?

            El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de la fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio. La doctrina social de la Iglesia no es un apéndice de la enseñanza de la fe, pertenece al anuncio central del evangelio que busca la salvación integral del hombre. El cristiano debe, pues, formar su conciencia en todo lo que se refiere al destino del hombre en esta tierra, a su dignidad inviolable y a los derechos enraizados en su naturaleza humana. Es cierto que ningún partido puede proponer un programa que satisfaga plenamente las exigencias del plan de Dios sobre el hombre y el mundo. Hay que discernir, sin embargo, entre las opciones políticas aquellas que mejor permitan construir un mundo acorde con dichas exigencias de justicia, fraternidad y paz entre todos los ciudadanos. Para un cristiano, votar en conciencia significa, en primer lugar, formarla atendiendo al lugar central que ocupa el hombre en la revelación cristiana. «Nadie puede exigirnos, dice el Papa Francisco, que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos» (Evangelii Gaudium, 183).  Las elecciones no son una mera cuestión de pragmatismo político. Es un momento en que la conciencia rectamente formada apela a la responsabilidad civil y social. Es un ejercicio de discernimiento porque está en juego la persona, la sociedad, y el lugar de la Iglesia en la construcción de un mundo que no puede dejarnos indiferente. Se explica, pues, «que la conversión cristiana exige revisar especialmente lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común» (Evangelii Gaudium, 149).

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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