SábJun04

 

            El encuentro de Jesús con la viuda de Naím, cuando ésta se dirigía a enterrar a su único hijo, es una escena que dramatiza de modo sencillo la afirmación de Cristo: Yo soy la Resurrección y la Vida. Escribo con mayúsculas estas últimas palabras porque Jesús no habla de una resurrección y vida para este mundo pasajero, sino para la eternidad. Es decir, Jesús está hablando de sí mismo con categorías divinas. No es un taumaturgo compasivo sin más. Es Dios mismo en acción. El Dios capaz de dar la vida a un muerto y devolvérselo a su madre, como dice el evangelio, no se compadece sólo de aquella pobre viuda, que quedaba sin el apoyo necesario para sobrevivir, sino del hombre en general, porque, en esa resurrección, como en la de Lázaro y en la de la hija de Jairo, que conocemos por los evangelios, Jesús se manifiesta como Dios autor y causa de la vida.  El que con la autoridad de unas palabras —«muchacho, a ti te lo digo, levántate»— hace lo que dice, sólo puede ser Dios.

            La escena del evangelio estremece por la sencillez de un relato que revela la conciencia personal que Cristo tiene de su condición divina. En el evangelio no encontramos ningún pasaje donde Cristo diga directamente: Yo soy Dios. Una afirmación de este tipo habría escandalizado a sus contemporáneos y hubiera servido de poco para el acceso a la fe. Jesús sabía muy bien que debía medir su lenguaje a la hora de exponer el misterio que le habitaba. De ahí que recurra a las imágenes, a las comparaciones, a los enunciados en el uso absoluto de las palabras. Dice san Agustín que la vida y la muerte se encuentran en el cortejo fúnebre de Naím. El muchacho muerto, con su madre destrozada de dolor, se encuentra con la Vida. A Jesús se le estremecieron las entrañas y dijo a su madre: «No llores». Y con un gesto cargado de autoridad tocó el féretro. Los portadores entendieron que mandaba detener el cortejo. Y así hicieron. Y con sólo su palabra —«muchacho, levántate»— resucitó al muerto. La Vida se hacía presente para vencer la muerte. No hay mejor forma de autoproclamarse Dios sin necesidad de decirlo expresamente.

            En la tradición judía, Dios es considerado como aquel que hace lo que dice. Basta recordar el Génesis para entenderlo. «Hágase la luz, y la luz fue hecha». También el Hijo de Dios, Jesucristo, hace lo que dice, y sus gestos corresponden a la verdad de sus palabras. Por eso, en sus polémicas con las autoridades religiosas de Israel se defiende apelando a sus obras: si no queréis aceptar mis palabras, mirad mis obras, ellas dan testimonio de mi. La resurrección del hijo de la viuda de Naím es una obra de Cristo, capaz de llevar a la fe a quienes la contemplan. Más aún, es una prueba de la presencia de Dios entre los hombres. De ahí que los testigos del hecho, según dice el evangelista, sobrecogidos del temor sagrado de lo divino, glorificaban a Dios y decían: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo». No hay mejor comentario a lo sucedido. Dios ha visitado al hombre en Cristo, para quitarle el velo de luto y de muerte que le cubría desde el pecado de origen. Dios ha venido a vencer la muerte y, en el cortejo fúnebre de Naím, la muerte comienza a comprender que le queda poco tiempo para el golpe mortal que le asestará Cristo en su propia resurrección.

            Dice santo Tomas, que hay dos resurrecciones, la imperfecta y la perfecta. La imperfecta es el retorno a esta vida mortal. La perfecta es la de Cristo, que supera la mortalidad y la incorrupción. Por eso Jesús ha resucitado muertos: para enseñarnos que él es la Resurrección y la Vida y que creyendo en él participaremos en su misma resurrección.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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