VieFeb10

           En el sermón de la montaña, que leemos en estos domingos, Jesús afirma que no ha venido a abolir la Ley y los Profetas sino a dar plenitud. Para un no judío, estas palabras podían resultar extrañas; para un judío resultaban escandalosas. La Ley, dada por Dios a Moisés, era la norma de vida de Israel. Y los Profetas, sus intérpretes más autorizados. Dar plenitud a algo significa que está inacabado, sin la debida perfección. Y esto, insisto, resultaba inaceptable para un judío. Por eso, a continuación Jesús afirma, dirigiéndose a los suyos: «si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20). Y para explicar en qué consiste esa justicia superior que él propone, Jesús comenta los preceptos de la Ley de Moisés, añadiéndoles su propia interpretación, es decir, llevándolos a su plenitud. Sirviéndose de la contraposición: «Habéis oído que se os dijo… pero yo os digo», no deja ninguna duda sobre su autoridad para llevar a plenitud la Ley. Porque detrás del «habéis oído que se os dijo» se esconde ni más ni menos que la autoridad de Dios y de Moisés. Es fácil sacar la consecuencia de esto: Jesús se arroga la misma autoridad de Dios para interpretar la Ley y explicar su último significado.

«No matarás», decía la Ley. Jesús dice: «Todo el que se deja llevar de la ira contra su hermano será procesado». «No cometerás adulterio», decía la Ley. Jesús afirma: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Y así comenta diversos preceptos de la Ley.

Es obvio que, al escuchar esto, un piadoso judío tenía que preguntarse: ¿Quién es éste que se atreve a corregir a Moisés, nuestro legislador? ¿Qué autoridad posee? Y sólo había dos respuestas posibles a estos interrogantes: O Jesús es un blasfemo —así fue condenado por el alto tribunal judío—, o tiene una autoridad superior a la de Moisés, es decir, la autoridad de Dios. Tocamos la cuestión central del cristianismo, que nos introduce en la conciencia que Jesús tenía de sí mismo, expresada en la afirmación de la que partíamos: «No he venido a abolir a Ley y los Profetas, sino a dar plenitud». Para que el lector no deduzca de esto que Jesús no valoraba la tradición de Israel, basta recordar sus palabras en el mismo sermón de la montaña: «El que se salte uno de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos, pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos». Jesús valora la Ley, la conoce y medita; y, sobre todo, la cumple. Pero revela toda la riqueza que lleva en su interior, y en este sentido da cumplimiento a la Ley. Si puede hacer esto es porque él mismo es la Palabra autorizada del Padre, la sabiduría encarnada, que ha venido a desvelar lo que, en la primera alianza, estaba aún escondido. Por eso, en el prólogo de Juan, se dice que «la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo» (Jn 1,17).

Nada de lo que venimos diciendo hubiera quedado por escrito, si los testigos de la vida y enseñanza de Jesús, que —no lo olvidemos— eran judíos, no hubieran llegado a la convicción de que Jesús tenía conciencia de su ser divino. Y llegaron a esta convicción porque el mismo Jesús les reveló poco a poco, con magistral sabiduría, su propia conciencia personal. En sus palabras y gestos, Jesús se reveló a sí mismo como aquel que llevaba a plenitud todas las cosas, que daba sentido a la Ley y a los Profetas, porque era él quien ya estaba presente en Moisés, y en los profetas. Como dice en Juan: «antes de que Abrahán existiera, yo soy».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

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