SábEne07

           El bautismo de Jesús en el Jordán ha sido representado en el Oriente cristiano con iconos bellísimos que sorprenden por su densidad teológica llena de simbolismos. Jesús aparece con el agua del río que le llega hasta la cintura, o hasta los hombros. Pero en el icono más divulgado las aguas aparecen incluso por encima de su cabeza. Esta representación del bautismo se denomina «sarcófago acuoso» porque Cristo, con su cuerpo rígido como un cadáver, parece que está colocado en un sepulcro lleno de agua. Esto tiene relación con el rito bautismal de la primitiva Iglesia que se realizaba sumergiendo tres veces al neófito en el baptisterio hasta cubrirle la cabeza con agua, indicando que se sepultaba en la muerte de Cristo para resucitar a la vida nueva del Resucitado. No hay que olvidar que la palabra «bautismo» viene del griego y significa «inmersión».

¿De dónde viene esta simbología? Cuando Cristo acude a bautizarse en el Jordán, hace un signo de humildad al situarse en la fila de los pecadores que hacían penitencia. No extraña, pues, que Juan Bautista se resista a bautizarlo porque sabe que Jesús es santo y no necesita convertirse. Jesús se impone a Juan diciéndole que es preciso «cumplir toda justicia», es decir, hacer la voluntad de Dios. Ahora bien, la voluntad de Dios sobre Cristo es que se una a los pecadores para salvarlos. Su mismo nombre —Jesús— significa que viene a salvar a su pueblo de sus pecados. Sumergirse en las aguas del Jordán es un símbolo de que Jesús descenderá a las profundidades de la muerte, morirá como todo hombre para salvarnos del pecado. Así lo explica san Cirilo de Jerusalén con una fórmula magistral: «Habiendo bajado a las aguas, ató al fuerte». Ese fuerte del que habla san Cirilo es el diablo. Pero Cristo es más fuerte que él, y puede atarlo y arrebatarle sus rehenes. En su Bautismo, Cristo desciende simbólicamente a las aguas de la muerte para salir de ellas como el Nuevo Adán que viene a reparar la obra del primero. Por eso se le pinta en algunos iconos totalmente desnudo, como estaba Adán en el Paraíso antes de pecar, con la pureza original dada por Dios en la creación.

El relato del bautismo termina con el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús, que viene a ungir su carne recibida en la encarnación y disponerle así a su misión, en cuanto Dios hecho hombre. Esta unción aclara la santidad de aquel que se solidariza con los pecadores. El Padre, con su voz, revela la identidad más íntima de Cristo: «Éste es mi Hijo amado en quien me complazco». No hay duda, pues, sobre quién es Jesús y cuál es su misión. Al solidarizarse con los pecadores, compartiendo nuestra naturaleza herida por el pecado, Jesús prepara el camino de la redención, que se realizará en su muerte y resurrección, cuando Cristo lleve a término su «bautismo», la «inmersión» en su propia muerte, y «guste la muerte por todos». «Gustar la muerte» y «beber el cáliz» son expresiones simbólicas para indicarnos que la solidaridad de Cristo le lleva a sumergirse en el oscuro mundo del pecado, representado por las aguas del Jordán que le anegan.

Gracias a este bautismo, nosotros somos bautizados y regenerados a la vida nueva del Resucitado. En nuestro bautismo, si nos atenemos a lo que enseña san Pablo, padecemos nuestra verdadera muerte: la muerte al hombre viejo y caduco, la muerte a nuestra condición pecadora, la muerte a todo lo que nos impedía mirar con esperanza el término de nuestra vida, cuando suframos la muerte física. Sumergidos en Cristo, no debemos temer la muerte, porque quien tenía el dominio de esta muerte, el diablo, ha sido atado por Cristo al descender a las aguas del Jordán.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

 

 

      

                 

 

 

 

 

 

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