SábMar12

En varias ocasiones los escribas y fariseos pretendieron tender una trampa a Jesús para acusarle ante el Sanedrín o ante el procurador romano. Una de ellas es la de la mujer adúltera, conducida ante Jesús para preguntarle si, como decía la ley de Moisés, debía ser lapidada. Era una pregunta con trampa. Si decía que no, sería acusado de contradecir a Moisés. Si decía que sí, podían llevarle ante el procurador de Roma por atribuirse una decisión que sólo correspondía al tribunal romano, la condena a muerte. El evangelio afirma que Jesús, ante la pregunta, se inclinó y escribía en la arena. Nadie sabe lo que escribió. Dice Papini que posiblemente «para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo».

Como los acusadores insistían ante el silencio de Jesús, éste, erguido, pronunció una sentencia que se ha convertido en patrimonio de la moral universal: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».  Como una pedrada heriría esta sentencia el corazón de los hipócritas acusadores. Y, empezando por los viejos, se fueron escabullendo hasta dejar a Jesús y a la mujer solos. El seguía escribiendo en el suelo, mientras ella esperaba alguna palabra. Y esa palabra llegó en forma de pregunta, absolución y mandato. «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más».

Las palabras de Jesús actuaron en el corazón de los que pedían la muerte como una espada aguda que llega a los entresijos del alma y discierne las intenciones. Al escucharlas, los jueces de la mujer se convirtieron en reos de la justicia de Cristo, y se escabulleron, considerando sin duda sus propios crímenes, sus posibles adulterios, sus juicios inmisericordes, su falsa justicia, como aquellos viejos que quisieron abusar de la casta Susana, y cuyos pecados inconfesables fueron puestos al descubierto por el profeta Daniel.

Una vez solos, Jesús, erguido de nuevo pues seguía escribiendo en la arena, le manifiesta su perdón, la absuelve de su pecado, con la advertencia de que no peque más. La misericordia de Cristo no disimula el pecado ni le resta importancia. Cristo es al mismo tiempo misericordia y verdad. Y ambas caminan juntas. Jesús, que ha venido a dar plenitud a la ley, no escamotea la gravedad del pecado, aunque esté siempre dispuesto a perdonar. Y la defensa que hace de la mujer frente a quienes deseaban lapidarla muestra que nadie puede condenar a otro, y que sólo Dios tiene la última palabra en el juicio de cada hombre, porque sólo él es el Santo y Justo.

Con sus palabras, Jesús desbarató la trampa que querían tenderle. Ni contradijo a Moisés, ni usurpó los derechos del procurador. Sencillamente, como en otras ocasiones, puso el dedo en la llaga de quienes se consideran justos y condenan a los demás. Vino a decir lo que san Juan afirma con toda claridad: «Si alguien dice que no tiene pecado, miente y la verdad no está en él». Todo hombre es pecador y, por tanto, necesita misericordia. El juicio y la condena no pertenecen a los hombres, muy dados a tirar la primera piedra a quien es sorprendido en pecado. ¡Cuántas veces se hace leña del árbol caído! Y en cuántas ocasiones lanzamos piedras a quienes cometen nuestros mismos pecados, que, si salieron a la luz, mostrarían la hipocresía de nuestros comportamientos y la falsedad de nuestra justicia cuando nos escandalizamos de los pecados ajenos. Deberíamos invertir los roles y decir con un gran predicador: «Dame, oh Dios, espíritu de hijo para contigo, espíritu de madre para con los demás, y espíritu de juez para conmigo». Entonces la piedra amenazadora se nos caería de las manos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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