SábMar05

La parábola del hijo pródigo, que leemos este domingo, ha sido llamada también parábola del padre misericordioso, porque es un hermoso panegírico de la misericordia del padre, que es Dios. Por extraño que pueda parecer, Jesús no dirigió esta parábola a los pecadores, aunque están en su horizonte, sino a los escribas y fariseos que criticaban su conducta al sentarse a la mesa de publicanos y pecadores. Basta leer el inicio de la parábola para darse cuenta de la diana a la que Jesús dirige la flecha de su enseñanza. Dice san Lucas: «Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús se defiende a sí mismo con la parábola y justifica su trato con los pecadores como el signo de que el Padre los busca para reconciliarlos. En oriente, sentarse a la mesa de los pecadores y comer con ellos era una forma de manifestarles que Jesús les ofrecía una comunión de vida y amistad. Cristo ha venido a sentarse con ellos y ofrecerles su perdón. Por eso, aunque el hijo pródigo ocupe un lugar central en la parábola, es, sobre todo, el hijo mayor —personificación de los escribas y fariseos— el que aparece como contrapunto del amor del Padre. Se ha dicho que aunque nunca dejó la casa del padre, vivía en ella «como un mercenario» a quien no le importaban las cosas del padre, como no le importa que su hermano retorne salvo y sano a casa. Su actitud es la del hombre que se cree justo, intachable, y se atreve a juzgar el comportamiento del padre. Es como el fariseo Simón, en la escena de la pecadora arrepentida, cuya frialdad ante Jesús y su condena de la mujer revelan el engreimiento y autocomplacencia en su propia justicia, carente de toda misericordia.

Frente al hijo mayor, el menor, que dilapida los bienes del padre, es el tipo que von Hildebrand ha denominado «pecador trágico», que, siendo hijo, termina haciéndose un pobre esclavo de las algarrobas de los cerdos. En Israel, cuidar cerdos era una profesión maldita, porque el cerdo era un animal impuro. Este oficio apartaba del culto sinagogal y hacía del pastor un pecador público. Que este pobre pecador tome conciencia de su estado, se levante y retorne al padre es, por parte de Jesús, una invitación a todos los que eran juzgados de modo inmisericorde por parte de los escribas y fariseos, a confiar en la acogida de Dios que se alegra cuando un pecador vuelve a casa. La descripción del padre, que, cuando de lejos ve venir a su hijo, echa a correr y se le arroja al cuello para cubrirle de besos, es magnífica. Dice el texto que al padre «se le conmovieron las entrañas», expresión que indica la conmoción del amor irrefrenable, que se desborda en alegría y misericordia. Bien ha escrito Péguy: «el padre era el que más lloraba».

En la bula de este año de la misericordia, el Papa Francisco dice que «cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar a este hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

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