SábFeb27

Seguramente muchos lectores del pasaje de la transfiguración de Jesús, que hoy se lee en la liturgia, se habrán preguntado sobre el sentido de que Moisés y Elías aparezcan hablando con él. Moisés y Elías son dos personajes clave en la historia de Israel: Moisés es el que recibió de Dios la Ley en el monte Sinaí. Elías, el gran profeta defensor del monoteísmo judío. Moisés representa la Ley; Elías, la profecía. 

Ambos personajes tuvieron dos experiencias místicas en el monte Sinaí. Sabemos que Moisés subió al monte y pidió a Dios que le mostrara su rostro. Dios le responde que no puede hacerlo porque su visión transcendente le acarrearía la muerte. Pero le permitió, sin embargo, que, escondido en la grieta de una roca, pudiera contemplar su espalda, una vez que hubiera pasado delante de él. Y así fue. Dios pasó pronunciando su nombre y Moisés pudo verlo de espaldas.
Elías subió también al monte Sinaí huyendo de los profetas de Baal que buscaban su muerte por atacar el politeísmo. Allí tuvo una experiencia de Dios muy diferente de la de Moisés. Vino un viento impetuoso, pero en él no estaba Dios; vino un terremoto y un fuego, y allí no estaba Dios; finalmente vino un brisa suave y allí se encontraba Dios como si se tratara de una revelación íntima y misteriosa. 
En el monte Tabor, mientras Jesús oraba, su rostro se transfiguró y sus vestidos brillaron de blancos. Lo que Moisés no pudo ver se manifestó a los tres apóstoles presentes. Lo que Elías percibió como un susurro se reveló con todo esplendor en la persona de Cristo. Y ambos hablaban con Jesús sobre el sentido de su muerte, que había anunciado a sus apóstoles. Este diálogo con Cristo, que magníficos pintores, como Rafael, han representado como un éxtasis en el que Moisés y Elías parecen recibir del mismo Cristo la revelación plena y el sentido de la Ley y de la profecía, expresa claramente que, en Cristo, Dios se ha manifestado con toda su gloria como la cumbre de la revelación. Por eso, dice el evangelista que una nube cubrió a los apóstoles y se asustaron al entrar en ella. Esta nube alude a la que descendía sobre la tienda del encuentro en el desierto indicando que Dios se avenía a hablar con Moisés. Ahora bien, Cristo es la verdadera tienda donde el hombre puede encontrarse con Dios de modo definitivo. De ahí que la voz del Padre, saliendo de la nube, diga: «Escuchadle». Dice san Juan en su prólogo que Cristo es la Palabra definitiva de Dios, que ha puesto su tienda entre nosotros. No es nada extraño que, ante semejante experiencia, Pedro deseara construir allí tres tiendas definitivas para Jesús, Moisés y Elías.
Cuando Jesús se haga el encontradizo con los desalentados discípulos de Emaús, será Lucas quien diga que «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). Moisés y Elías hablaron de Cristo. Así aparece en el monte Tabor. Y hablaron especialmente de su muerte, que fue tan difícil de asumir por los apóstoles al no entender que el Mesías tuviera que padecer y morir. Por eso, Jesús los llevó con él a la cima del monte y les hizo experimentar su gloria, la de Dios, la que sólo bajo símbolos pudieron contemplar Moisés y Elías. Les permitió contemplar su rostro humano glorificado, radiante como el sol que nace del Oriente. Y lo hizo para que cuando, en el huerto de los olivos, aquellos tres mismos discípulos contemplaran el rostro de Cristo en agonía, sudando sangre, lleno de pavor y miedo ante la muerte, no perdieran la fe y recordaran que lo habían visto lleno de luz, la luz de la resurrección que se anticipa en el monte Tabor.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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