SábFeb27

El segundo domingo de Cuaresma la Iglesia lee el evangelio de la transfiguración de Cristo. Y lee también un texto de san Pablo que habla de nuestra propia transfiguración. Dice así: Jesucristo «transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa». Quiere enseñarnos que la transfiguración del Señor es un misterio que no sólo se refiere a Cristo, sino también a nosotros, porque el hombre está llamado a transformarse día a día hasta llegar a la resurrección final de la carne. Este proceso empezó el día de nuestro bautismo.

El hombre, en cuanto mortal, posee condición humilde. Los filósofos, especialmente en el Renacimiento, han reflexionado sobre la grandeza y miseria del hombre. Grandeza por su dignidad y destino; miseria por su condición mortal. San Pablo contempla al hombre desde Cristo y, especialmente, desde la luz que viene de su resurrección. La transfiguración de Cristo es un anticipo de la gloria que se manifestará en su resurrección. Por eso contempla al hombre participando ya de esa gloria en nuestra humilde condición.

Dice san Lucas que la trasfiguración de Cristo tuvo lugar «mientras oraba». El aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaron de blanco. La oración transfigura también al hombre. Cuando el hombre ora de verdad y se sitúa en la presencia de Dios, su ser cambia, incluso en el aspecto físico. Su rostro queda iluminado por Dios, como se decía de Moisés cuando entraba en la presencia de Dios. Del santo Cura de Ars, cuyo aspecto físico no gozaba de belleza particular, se ha dicho que su vida de oración era tan intensa que su rostro se hacía luminoso, capaz de atraer a la gente al encuentro con Dios. Cuando la beata Teresa de Calcuta salía de sus largas horas de oración, parecía transformada.

Todo encuentro con Dios es transformante. Y la razón es muy sencilla. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, cuando el hombre retorna a su origen, y se deja iluminar por la luz increada de Dios, se aproxima cada vez más a su modelo original, se transfigura, y su vida «se va transformando en su imagen con resplandor creciente por la acción del Espíritu del Señor» (2Cor 3,18). Para ello, hay que subir al monte de la oración y contemplar cara a cara a Cristo en su gloria.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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