DomMar12

La aspiración más profunda del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es contemplar a Dios cara a cara. Saciarse con la belleza de su rostro. El pecado oscurece en ocasiones este deseo y lo relega hasta al olvido y la indiferencia. Pero está ahí, anclado para siempre en el corazón del hombre. «Al despertar (de la muerte) me saciaré de tu semblante», dice el salmo 17. En el Antiguo Testamento se dice que nadie puede ver a Dios y seguir con vida. El hombre mortal no puede soportar la luz y la belleza del Dios tres veces santo, cuya trascendencia desborda los límites de nuestra pequeñez. Cuando Moisés pidió ver a Dios cara a cara, éste sólo le mostró su espalda. También Elías tuvo una revelación de Dios, pero no de sí mismo, sino en la suavidad de una brisa ligera. Ninguno de los dos personajes vio a Dios.

Cuando Jesús se transfigura en el Tabor, aparecen con él Moisés y Elías hablando de su muerte. Dice san Marcos que el rostro de Jesús resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Los apóstoles pudieron contemplar a Dios cara a cara, porque en Jesús se reveló la belleza y la potencia de Dios. Lo que Moisés y Elías no pudieron ver, ahora se revela a tres testigos. Moisés y Elías fueron destinatarios de una revelación. Los apóstoles, sin embargo, participan en una «epifanía» de Cristo, imagen del Padre. Por eso dice la voz del cielo: «escuchadlo». Jesús aparece, por tanto, como la revelación de Dios mismo, de forma que se cumple lo que dice al apóstol Felipe. Cuando éste le pide a Jesús que les muestre al Padre, recibe esta respuesta: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». Los apóstoles vieron en el Tabor precisamente lo que tantos justos del Antiguo Testamento, incluidos Moisés y Elías, no pudieron ver: la gloria de Dios. El rostro de Cristo se convierte así en la manifestación del Padre que se comunica con los hombres a través de la humanidad de Jesús.

No es de extrañar que Pedro, ante tanta belleza, dijera: «¡Qué bien se está aquí»! Es la experiencia de quien saborea la felicidad. Esta plenitud de Pedro se puede entender, por analogía, desde nuestra experiencia, cuando nos invade la percepción de una belleza inefable, inasible, que nos trasporta casi fuera del tiempo, como arrebatados por una fuerza todopoderosa que nos introduce en la paz y el disfrute del misterio. Es el misterio del bien absoluto, de la verdad y la belleza unidas, que se deja sentir en el gozo sensible. En esos momentos quisiéramos que el tiempo se parara, interrumpiera su inevitable fluir. Pedro pide hacer tres tiendas, es decir, tres moradas eternas para disfrutar para siempre del semblante de Cristo. La nube luminosa que desciende y los cubre con su sombra es el anticipo de esa tienda eterna, solicitada por Pedro, que nos cubrirá un día en la intimidad con Dios.

En el camino de la Cuaresma, la Transfiguración de Cristo preludia su triunfo sobre la muerte. Quiere confortar a los apóstoles, que serán testigos de su rostro escupido, abofeteado y sangrante, con el rostro semejante al sol. La muerte que acecha a Cristo no puede ser impedimento para que crean en él, como a la postre sabemos que sucedió. Jesús no hace un milagro para darse satisfacción a sí mismo, mostrando su gloria. Su pedagogía es otra: busca fortalecer la fe de aquellos tres testigos que corren el peligro de escandalizarse ante un mesías sufriente. Por eso les impone silencio sobre lo que han visto hasta que resucite de ente los muertos. Pero al mostrarles su rostro glorioso nos reveló a todos el rostro que contemplaremos pasado el umbral de la muerte: Dios cara a cara.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

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