LunDic12

¿Debemos esperar a otro?

  

En la espera de la Navidad, la embajada que envía el Bautista desde la cárcel para preguntar a Jesús si es él el Mesías o deben esperar a otro, cobra un sentido que supera el tiempo de Jesús. Es una pregunta que atraviesa la historia, pero que se ha hecho especialmente insistente desde la Ilustración. Cristo ha decepcionado a muchos en todos los tiempos. Ha decepcionado a quienes esperaban que él cambiara el mundo. ¿No vino a eso? ¿No dice san Pablo que vino a hacer todo nuevo? Y, si afinamos la mirada, ¿no sigue todo igual? Con el progreso del mundo, ¿no se ha hecho aún más cruel la crueldad, más refinadas las torturas, más infames las esclavitudes? ¿Dónde está la renovación de Cristo?

Cuando Jesús responde a la embajada del Bautista, se remite a sus hechos, anunciados por el gran Isaías: «Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,5-6). Todo esto lo había realizado a la luz del día. Eran los «signos» de una presencia divina, sobrenatural, exactamente lo que niegan los racionalistas. Pero hubo testigos. Hasta los enemigos de Cristo, como recoge el Talmud, reconocieron que en él había un poder superior, que ellos interpretaron como brujería, alianza con Belcebú, príncipe de los demonios. Los milagros de Jesús eran su carta de identidad, el cumplimiento de las profecías. Jesús no vino a hacer milagros, no era su finalidad. Sin embargo, los hizo, como signo de que era el Enviado que había de venir.

Su renovación no estaba, sin embargo, sólo en los signos, sino en el mensaje que se encierra tras ellos. Por eso, hay una frase en la respuesta de Jesús que puede sorprender a los lectores. Después de decir que «los pobres son evangelizados», añade: «¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». ¿Cómo es posible, podrá preguntarse un lector crítico, que el hecho de evangelizar a los pobres suscite escándalo? ¿No es el amor a los pobres, su cercanía a ellos lo que le hace atractivo y, en último término, creíble? ¿Por qué entonces escandalizarse? Para entender esta cuestión es preciso saber que, con la palabra «pobres» en este texto, Jesús piensa en los «pecadores», en aquellos que fueron objeto de su misericordia desde su primera aparición: Jesús acogió a los pecadores y les otorgó el perdón; sentó a su mesa a quienes los líderes religiosos excluían de la salvación y del Reino de Dios. Por los evangelios sabemos que fue esta actitud con los «pobres» pecadores, la que suscitó escándalo, hasta el punto de que a la gente que seguía a Jesús, se le llamara con desprecio «el pueblo de la tierra».

Aquí reside la paradoja de Cristo, su oferta de salvación, eso que llamamos evangelio, buena noticia. Es la rotunda afirmación de que Cristo renueva el mundo con la gracia y la oferta de la misericordia. Podemos pensar que el mundo no ha cambiado desde entonces, que sigue por sus derroteros de destrucción y muerte. Pero no es así: en Cristo ha entrado una fuerza indestructible en la historia de los hombres. Se llama Gracia, Perdón, Misericordia. Este es el mensaje que se esconde detrás de sus milagros a ciegos y sordos, cojos, leprosos y muertos; son la prueba de que en Jesús de Nazaret habita el mismo Dios capaz de recrear el mundo con milagros semejantes, y, sobre todo, con el milagro de que el Bien ha triunfado sobre el mal por insondable que sea. Sí, el desierto se ha convertido en un vergel; y el hombre ha sido restaurado. No es un condenado sin remedio, una pasión inútil. No hay que esperar otro Mesías. Ya ha venido. ¡Y dichoso quien  no se escandalice de él!

 

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

 

 

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