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La esperanza no defrauda

La Iglesia empieza el año litúrgico con el tiempo de Adviento, que prepara la Navidad. Es un tiempo breve pero intenso porque se necesita mucha intensidad para avivar la esperanza. Hablo naturalmente de la verdadera y definitiva esperanza, que dinamiza al hombre hacia el futuro y le ayuda a pensar que puede ser mejor. Hablo de la esperanza que anida en cada uno de nosotros cuando se reconoce incapaz de ser mejor, de cambiar el corazón de piedra por otro de carne. Hablo de la esperanza de ser amado por lo que uno es y no por lo que tiene o aparenta. Hablo de la esperanza de que este mundo mejore y se trasforme en un mundo justo, fraterno, solidario. Y hablo, sobre todo, de la esperanza que supera el umbral de la muerte, y me sostiene en la fe de que existe la eternidad.

Sostener al hombre en esta esperanza sólo puede hacerlo Dios mismo. Y hasta Dios parece que lo tiene difícil cuando se trata de avivar en el hombre la esperanza. Charles Péguy, uno de los más grandes poetas cristianos del siglo pasado, ponía estas palabras en labios de Dios: «Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas y que crean que mañana irá todo mejor, esto sí que es asombroso y es, con mucho, la mayor maravilla de nuestra gracia. Yo mismo estoy asombrado de ello. Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble, y que brote de una fuente inagotable desde que comenzó a brotar por primera vez como un río de sangre del costado abierto de mi Hijo».

Durante el tiempo de Adviento la liturgia de la Iglesia está cargada de imágenes asombrosas que lanzan un reto al hombre cansado de esperar. Cansado y, al mismo tiempo, urgido a esperar. Se nos habla del desierto que se convertirá en un vergel; del león y del cordero que pacerán juntos; de la estéril que será madre fecunda; de la tristeza y del luto que se transformarán en cántico; de los opresores que serán castigados; de los montes y valles que formarán una calzada recta; de ciegos, sordos y cojos que verán, oirán y saltarán como gacelas; de leprosos que verán su carne limpia; de muertos que resucitarán. ¿Son sólo imágenes poéticas? ¿Son bellas metáforas? ¿De dónde viene esta cambio inaudito?

Dios entra en la escena de los hombres. Eso significa el Adviento. Se trata del advenimiento de Dios a nuestra tierra sedienta de esperanza, necesitada de redención. Es Dios mismo que enciende en el corazón de los pobres, como decía una poetisa, velas de esperanza. Todos somos pobres. Ciertamente, Dios lo tiene difícil cuando nos invita a esperar. ¿Hasta cuándo? dicen los pobres; ¿hasta cuándo?, gritan los humillados; ¿hasta cuándo? gemimos los que sentimos el peso del pecado que nos asedia cada día y nos hace caer. Nos parece que la esperanza es inútil, incapaz de sostener al hombre. Pero no es así. Esa «cosita de nada, esta pequeña niña esperanza» -dice Péguy- es inmortal y «ella sola atravesará los mundos llenos de obstáculos. Como al estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines de Oriente, hacia la cuna de mi Hijo».

«La esperanza no defrauda», dice san Pablo. Esperar contra toda esperanza es la actitud de Abrahán, de María, de Cristo mismo, el Hijo de Dios, que se aventuró a vivir con nosotros, a sufrir y a morir, para que el hombre nunca perdiera la certeza de que es posible la esperanza de que esta vida tiene un sentido, una finalidad trascendente, un feliz cumplimiento de nuestras anhelos, porque el mismo Dios ha hecho suya nuestra propia carne. Aunque el Adviento dure sólo cuatro semanas, es el tiempo de toda la existencia humana. Por eso el evangelio de hoy nos invita a mantener erguida la cabeza porque se acerca nuestra liberación.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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