VieMar04

El valor de un sacerdote

 

Me sorprende muy negativamente en mis encuentros con los jóvenes, adolescentes y niños que, cuando les insinúo si alguna vez han pensado ser sacerdotes, rechacen la idea, casi instintivamente, como si se les propusiera algo poco o nada estimable. Reaccionan como si dijeran: «¿sacerdote, yo?, ¡qué disparate!». Al preguntarme por esta reacción tan instintiva, y buscando sus posibles razones, pienso en la escasa valoración social de los sacerdotes, en la imagen que pueden tener de nosotros, quizás poco atractiva y estimulante, o sencillamente en el desconocimiento de qué es un sacerdote, «un cura de almas», expresión ya poco usada, que ha quedado reducida a «cura» sin más, dicha con más o menos aprecio. Para un obispo, naturalmente, esto da mucho que pensar. Y al acercarse el día del Seminario, no quiero pasarlo por alto.

Y comenzaré por algo que puede resultar muy fuerte, pero no quiero dejarlo en el tintero. Quien no valora al sacerdote, no valora a Cristo. Es verdad que somos pecadores, que no somos dignos del ministerio recibido, que no podemos ni compararnos mínimamente con él. Sería una pretensión inaceptable. Pero, queramos o no, él nos han hecho ministros suyos, y, con todos nuestros defectos y pecados, tenemos la gracia de hacerlo presente. «Es Cristo quien vive en mí», decía san Pablo. No somos funcionarios de la Iglesia, ni gestores de lo sagrado, ni moderadores de acciones eclesiales, ni simples ejecutores de planes pastorales. ¿Qué somos, pues? Citaré a san Juan Pablo II para apelar a una autoridad indiscutible: «El sacerdote encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote» (PDV 12).

Quien se fija sólo en los pecados de los sacerdotes olvida las palabras del Señor:  «El que esté libre de pecado, tire la primera piedra». Es verdad, somos pecadores. Todos los somos. Ante Dios, nadie puede presumir de justo. Al sacerdote se le exige más, ciertamente, porque ha recibido un ministerio de gracia y santidad, que le sitúa ante Dios y ante los hombres con una vocación ineludible a la santidad. Pero dicho esto, el sacerdote lleva en sus manos los tesoros de la salvación de Cristo, que, a pesar de su pobreza, sólo él puede conceder. Por eso la estima del sacerdote nace de lo que Cristo ha querido poner en sus manos: la salvación de los hombres en el orden de la gracia. Y un pueblo cristiano que no valora a sus sacerdotes es un pueblo que, en cierto sentido, no es agradecido con lo que Cristo ha hecho instituyendo el sacerdocio de la Nueva Alianza.

En el libro de sus Memorias dice el cardenal J. Daniélou, que «lo mas divino entre las cosas divinas es cooperar con Dios en la vida de las almas». Y esa es la tarea que Cristo ha encomendado a los sacerdotes, porque fue la tarea que Cristo recibió de su Padre. Hoy se valora poco la salvación, la gracia, los sacramentos, la acción de Dios en las almas. Como consecuencia, difícilmente se valorará el ministerio de alguien que se dedica a la «cura de las almas», es decir, a su cuidado, dirección y acompañamiento. Sólo quienes aprecian el hecho de que Cristo ha querido quedarse entre nosotros en la persona misma de quienes tienen autoridad para actuar en su nombre, valoran el misterio que llevamos en nuestros «vasos de barro» y firmarían las palabras de un conversa francesa, Madeleine Delbrel, que salió del ateísmo gracias a la ayuda de algunos sacerdotes, y decía: «La ausencia de un verdadero sacerdote en una vida es una miseria sin nombre; es la única miseria». Quiera Dios que descubran esta verdad los niños, adolescentes y jóvenes, en cuya vida se cruce Cristo, los llame mirándolos a la cara y, dejándolo todo, le sigan alegres de poder ser para los demás «otro Cristo».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

                        

SábFeb13

Plántale cara al hambre: siembra

Carta pastoral para la Jornada de Manos Unidas

La Jornada de Manos Unidas para este año 2016 se desarrolla bajo el lema «Plántale cara al hombre: siembra». Los datos son escalofriantes: en el año 2014 el hambre crónica afectaba a 805 millones de personas en el mundo. El fenómeno del hambre en el mundo abarca conceptos como malnutrición, subalimentación, desnutrición, hambruna. Lo dramático de la situación actual es que hay comida para todos, pero no todos pueden comer. San Juan Pablo II llamaba a esto «la paradoja de la abundancia». Una paradoja que, aunque no queramos, convierte a los que tenemos bienes en responsables de los que no tienen, como ha enseñado desde antiguo la tradición cristiana. De una u otra manera, todos somos responsables del mal que sufren nuestros hermanos. Y todos debemos acoger como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: «Tuve hambre y no me disteis de comer».

El Papa Francisco nos ha pedido en este Año Jubilar de la Misericordia que reflexionemos sobre las obras de misericordia, corporales y espirituales. La primera de las corporales es «dar de comer al hambriento». Cristo ha querido identificarse con todos los que sufren, y, en primer lugar con los que padecen hambre. Dice el Papa Francisco que «la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado».

¿Cómo podemos hacerlo? Son muchos los medios a nuestro alcance, especialmente desde la conversión que nos exige la Cuaresma. El ayuno y la limosna tienen como finalidad practicar la justicia y la caridad con los más pobres. Podemos – y debemos – privarnos de gastos innecesarios, caprichos y gustos personales, vivir con mayor sobriedad y pobreza material, ofreciendo la limosna que brota de la caridad. Si observamos nuestro modo de vivir, rápidamente descubrimos cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles las que nos creamos de manera superflua y egoísta. El afán de poseer no tiene límite en el corazón del hombre, como puede observarse en las diferencias que separan a los pueblos que viven en la opulencia de aquellos que se ahondan cada vez más en pobrezas crónicas, que claman al cielo. El mensaje del Papa Francisco en su encíclica «Laudato si´» es claro y rotundo. Nos exhorta a un cambio en el estilo de nuestra vida. «Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites» (204).

Lo más grave de esta situación es que llegamos a acostumbrarnos a ella, perdemos sensibilidad para detectar el mal y socorrer a quien lo padece. Nos hacemos como el rico epulón de la parábola de Jesús que menospreciaba al pobre Lázaro que yacía a su puerta. Cristo nos invita a la «compasión», que no es una lástima superficial, sino a padecer con los que sufren compartiendo sus propios sufrimientos como ha hecho Cristo con nosotros. La caridad cristiana tiene su motivación última y su modelo perfecto en el mismo Cristo, que aceptó sobre sí, como el Buen samaritano, la carga de nuestras dolencias y pecados. Sólo el amor redentor de Cristo, que se ha hecho solidario con toda la humanidad, puede hacernos comprender la enorme dicha que tenemos los cristianos de hacernos semejantes a él y la grave responsabilidad de atender a quienes nos desvelan hoy el rostro sufriente del Señor. Plantarle cara al hambre sólo puede hacerse mirando cara a cara a Cristo y permitirle que sea él mismo quien siembre en nosotros su caridad.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

LunDic28

Dios, educado por hombres

Dice el Papa Benedicto XVI que en el evangelio «no encontramos discursos sobre la familia, sino un acontecimiento que vale más que cualquier palabra: Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, la consagró como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad». Si ya es sorprendente que el Hijo de Dios haya querido asumir la realidad familiar como propia, necesitando del cuidado de unos padres y aprendiendo a ser hombre en cada circunstancia de la vida, más lo es el hecho de haberse sometido a su autoridad, como dice san Lucas, durante su infancia, adolescencia y juventud. La familia fue para Cristo el lugar donde «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (2,52).

La trascendencia del Dios creador y omnisciente se ha compaginado con la inmanencia de lo creado que encuentra en el hombre su más alta cima. Este hacerse hombre, carne y sangre nuestra, entrando en la historia humana como miembro de la familia de Nazaret, hace de la familia el lugar excelente donde el hombre alcance su plenitud. La familia, dice Gaudium et Spes, es «escuela del más rico humanismo». En ella, el hombre es amado por lo que es y no sólo por lo que vale según las cualidades que posea o el posible rendimiento y beneficio que pueda aportar a la sociedad. Se explica así que la familia sea el objetivo prioritario de la doctrina social de la Iglesia, pues de ella depende el progreso de la sociedad. Hoy, como recuerda el Papa Francisco, «la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos» (EG 66). 

Si Dios ha querido hacerse hombre y alcanzar su madurez humana en la convivencia familiar, en el aprendizaje del oficio de su padre legal, y hasta en el crecimiento de la gracia, significa que la familia, si cuida los valores que le son propios —empezando por su dependencia de Dios— y se somete al designio de la creación, seguirá siendo la escuela de rico humanismo, capaz de ofrecer al mundo la solución de los muchos y graves problemas que oscurecen el panorama de nuestra sociedad.

+ César Franco
Obispo de Segovia

LunDic28
¿Qué debemos hacer? 

En el evangelio de este domingo, por tres veces seguidas, preguntan a Juan Bautista: ¿Qué haremos? Esta pregunta posee un evidente sentido moral: ¿Qué debemos hacer? Quienes preguntan pertenecen a diferentes grupos sociales: el pueblo, los publicanos, los soldados. Y Juan contesta a cada grupo con llamadas a la caridad, a la justicia, y a evitar cualquier extorsión al prójimo. Para entender esta pregunta que, a primera vista, parece surgir de la nada, sin contexto, conviene recordar que en los versos anteriores, Juan Bautista había pronunciado estas severas palabras: «Ya toca el hacha la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego» (Lc 3,9). Se comprende, pues, que la gente, movida por la invectiva del profeta, le pregunte: ¿Qué debemos hacer?

Al final del pasaje evangélico de hoy, otra imagen ayuda a comprender la predicación del profeta. Aludiendo a Cristo, como Mesías, dice que «en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga» (Lc 3,17). Es evidente que la cercanía de Cristo como Mesías es el motivo por el que Juan invita a la conversión con palabras propias del lenguaje profético y apocalíptico, bien conocidas por sus oyentes.

Cuando, después de la Resurrección de Cristo, Pedro anuncie a los habitantes de Jerusalén el gran misterio que ha sucedido en Pentecostés, también les invita a convertirse, a tomar una decisión a favor de Cristo, que ha sido constituido Señor y Mesías. Y la gente, según el libro de los Hechos, conmovida y arrepentida de sus pecados, hacen la misma pregunta que los oyentes de Juan: ¿Qué debemos hacer? La respuesta de Pedro es clara: «Convertíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el Espíritu Santo».

La conversión, cuando es verdadera, conlleva un cambio de vida, que implica obras de justicia y misericordia. Los conversos han experimentado que su vida, a punto de zozobrar, ha sido rescatada del peligro. Y, llevados por la intuición de la gracia, han encontrado la respuesta a la pregunta: ¿Qué hacemos? Cuando Carlos de Foucauld se convierte en una capilla de París, decide de inmediato consagrar su vida a Dios. Famosa es la conversión de san Agustín que, leyendo la Escritura, reconoce que su vida debe girar totalmente al haber hallado la verdad. Edith Stein, después de descubrir la verdad en los escritos de Santa Teresa de Jesús, que lee una noche en casa de su amiga, decide bautizarse y, para ello, compra un misal y un catecismo para conocer la fe cristiana y poder seguir sus ritos. Bastan estos ejemplos para entender que, cuando el hombre es tocado por la gracia de Dios, se pone en camino con el deseo de responder a la llamada recibida.

Cuando hoy abrimos solemnemente la puerta del perdón de la catedral, inaugurando el Año Jubilar de la Misericordia, nos alegramos por la gracia que Dios nos ofrece: su perdón infinito. Quienes no hemos recibido la gracia de una conversión fulminante, tenemos la oportunidad de dejarnos convertir por la predicación de la Iglesia. Estamos acostumbrados a creer, y posiblemente hemos hecho paces con la rutina, olvidando el encuentro personal con Cristo. El Año Santo de la Misericordia nos concede la alegría de festejar el perdón de Dios, pero al mismo tiempo es una llamada a dejarnos aventar con el bieldo de Cristo para entrar un día como trigo de su granero. Acojamos entonces las graves palabras del profeta y, abiertos a la gracia, crucemos el umbral de la Puerta Santa para preguntar cara a cara a Dios : ¿Qué hacemos?

+ César Franco
Obispo de Segovia

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