SábMay21

El domingo de la Santísima Trinidad, que este año se celebra el 22 de Mayo, es la Jornada de oración por las comunidades de vida contemplativa. El lema de este año hace referencia al Jubileo de la Misericordia: «Contemplad el rostro de la misericordia». La vida contemplativa en la Iglesia se explica como una llamada a contemplar el rostro de Cristo, en el que brilla la misericordia del Padre.

La vocación a la vida contemplativa no se entiende en una sociedad y cultura como la actual caracterizadas por una crisis profunda de la interioridad y por un activismo que impide al hombre valorar el silencio, la soledad y la verdadera acción del Espíritu que habita en nosotros. El hombre, para ser él mismo, necesita interioridad para encontrarse consigo mismo y con Dios. Y la interioridad requiere silencio y soledad. Es llamativo que la mayor parte de la vida de Cristo, lo que llamamos vida oculta, transcurrió en el ámbito reducido de su casa y taller de Nazaret y en la dedicación a la oración y lectura de las Escrituras Sagradas. ¡Qué pérdida de tiempo!, pensarán algunos. ¡Con lo que podría haber hecho si tenemos en cuenta la actividad que desplegó durante su vida pública!

La vida contemplativa se contrapone indebidamente a la vida activa, como si la primera fuera un cruzarse de brazos, dejando que pase el tiempo en la pura pasividad. Nada más contrario a la verdadera contemplación. Ésta es una intensa acción del Espíritu de Dios en el hombre y la mujer que buscan el conocimiento de Dios y de la verdad última de la existencia. La verdadera acción parte siempre de una contemplación intensa de la verdad. Y, para ello, el hombre debe buscar dentro de sí mismo a su Creador. El hombre que no soporta el silencio y la soledad, se incapacita para la relación con Dios y con los demás. Toda creatividad auténtica, toda acción fecunda se gesta en la contemplación. Las obras de arte son fruto de intenso pensamiento, de apertura a la inspiración que viene de la verdad y belleza supremas, que son atributos de Dios.

La Iglesia no vive sólo de la acción de los evangelizadores y misioneros que se lanzan al apostolado con tanta generosidad. Hay que decir que muchos de estos santos misioneros, que desgastaron su vida al servicio del evangelio, fueron también místicos, contemplativos, hombres de profunda oración. Nada habrían hecho sin esta dosis de vida contemplativa. Pero hay que afirmar con la misma fuerza que la Iglesia vive de esos cenáculos de oración, escondidos a los ojos del mundo, donde monjes y monjas, religiosos y religiosas gastan su vida orando por la Iglesia, como una retaguardia que soporta con su intercesión el fragor de la primera línea. El corazón de la Iglesia tiene mucho que ver la actitud de María, la Madre del Señor. No fue apóstol. Cristo no le dio cargos de responsabilidad en la Iglesia fundada por él. Pero la hizo Madre de la Iglesia al pie de la cruz. Ella es la Virgen orante, silenciosa, que acoge la Palabra en su corazón y la medita constantemente. Ella es modelo perfecto para la vida contemplativa, como lo es para todos los demás estados de vida, porque está centrada plena y totalmente en Dios. Vivir así supone una profunda actividad en el Espíritu que habita en nosotros y nos permite entregarnos a Dios con todo nuestro ser.

En esta Jornada «pro orantibus» debemos dar gracias a Dios por nuestros monasterios de vida contemplativa que permiten a la Iglesia de Segovia crecer en santidad y entrega apostólica. Y pidamos para que reciban abundantes vocaciones que nos recuerden el absoluto de Dios y la necesidad que todos tenemos de contemplar el rostro de Cristo, que refleja la misericordia del Padre.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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