Amor de los Amores

Carta pastoral con motivo de la solemnidad del Corpus

            Cuando la Iglesia habla de caridad se piensa inmediatamente en la institución de Cáritas. Es lógico: la acción caritativa de la Iglesia tiene un prestigio social que supera las fronteras de la misma Iglesia, puesto que, a la hora de practicar la caridad, la Iglesia no distingue entre credos, razas ni otras diferencias sociales. La caridad es universal o no es caridad.

            Sin embargo, la caridad tiene su fuente en Dios. Dios es Amor, dice la Escritura. Y en otro lugar, Dios nos amó el primero. El Papa Francisco ha acuñado un  término, que llama a esta acción de Dios «primerear», es decir, «tomar la iniciativa», «adelantarse». Es lo que ha hecho Dios con el hombre: tomar la iniciativa en el amor. Dios ha sido el primero en amar. En la primera carta de Juan, esta verdad no puede ser más explícita: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). La iniciativa de Dios, adelantándose en el amor, es el fundamento de todo amor. Por una razón teológica fundamental: Dios es Amor y, por tanto, fuente de todo amor; y por otra razón de tipo histórico: Dios nos ha entregado a su Hijo en la plenitud de los tiempos para revelarnos la imagen perfecta del amor, imagen inseparable de lo que la Iglesia celebra este domingo: el Corpus Christi. La Caridad hecha donación hasta el extremo de hacerse alimento, el buen pan de Dios que se da a todo aquel que quiere saciar su hambre de amor.

            Esta unión entre la Eucaristía y el amor a los pobres está ya en el origen de la Iglesia. En la Última Cena aparece la Iglesia como una comunidad que recibe el Amor de Cristo, en el pan y el vino consagrados. Aquella primera comunión de los apóstoles constituía la comunidad que brotaba del amor de Cristo. La comunión íntima que estableció Cristo con los suyos se convertía, por su propia naturaleza, en una comunión estrecha con los hombres más necesitados, de forma que entre las notas distintivas de la Iglesia naciente, la palabra «comunión» significaba al mismo tiempo la comunión con Cristo y la comunión con los pobres. La Iglesia estableció su cáritas vinculada a la fracción del pan. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se dice claramente: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2,44-45).

            Conviene tener esto en cuenta para entender el significado de la Caridad en la vida de la Iglesia y no separar el amor de Dios y el amor a los pobres, privando así al uno del otro. Los dos van siempre juntos, como dijo en cierta ocasión la beata Teresa de Calcuta. Le peguntaron qué hacía primero, al encontrarse con un pobre: hablarle de Dios o darle de comer. Contestó con toda sencillez: hago las dos cosas al tiempo. En la Última Cena, cuando salió Judas del Cenáculo para traicionar a Jesús, todos los demás pensaron que, como tenía la bolsa común, se dirigía a dar limosna a los pobres. Es hermoso pensar que, mientras Cristo instituía el Sacramento del Amor, se pensaba en los más necesitados. Así debe ser siempre: la Eucaristía es la fuente del amor, y, celebrarla como merece, supone que compartimos con otros el amor que recibimos de Cristo. Por eso, cuando Cristo en la Eucaristía procesione este domingo por las calles de nuestra ciudad, cantaremos con gozo al Amor de los Amores. Es el Amor primigenio, la fuente de todo amor, el Amor llevado a la consumación, que nos enseña a compartir la vida con los demás, y adelantarnos nosotros también, antes de que nos lo pidan, en la práctica del amor.

+ César Franco Martínez

 

Obispo de SegoviaMeme Corpus Cesar Franco

Pascua: la amistad recuperada

 

El tiempo de Pascua puede calificarse «tiempo del reencuentro». Reencuentro de Jesús con sus amigos. La muerte había segado violentamente la relación de Jesús con los suyos y éstos pensaban que todo había terminado. A pesar de que Jesús había anunciado la resurrección, no entendieron lo que decía. En la Resurrección, Cristo inicia una nueva vida, como triunfador del pecado y de la muerte, y sale al encuentro de los suyos para reanudar no la vieja amistad, sino una nueva y definitiva que atravesará la historia hasta el fin de los tiempos.

Desde el mismo día de la Resurrección, Jesús se hace presente en los ámbitos normales de la vida de los suyos. En el Cenáculo, en el camino a Emaús, en el mar de Galilea. Las apariciones pretender restablecer la fe en él, la convicción de que él es el Hijo de Dios, que ha superado el tiempo y el espacio y se hace contemporáneo de cada hombre.  Jesús busca recuperar la amistad adormecida y convertida en mero recuerdo. Y lo hace con gestos humanos, transidos de afecto y de cariño, evocando recuerdos de lo que han vivido juntos.

A María Magdalena se muestra como un jardinero junto al sepulcro, y la llama por su nombre, como tantas veces habría hecho. Ella le reconoce al pronunciar su nombre, con su mismo tono y afecto de voz. A los discípulos desalentados de Emaús, se les une en el camino, como un peregrino, y poco a poco les comenta las Escrituras que hablaban de él. Dice el evangelista que sus palabras encendieron su corazón. Ya dentro de casa, el gesto de la fracción del pan les abre los ojos y le reconocieron. Jesús había vuelto a comer con ellos. En el Cenáculo, cerradas las puertas, Jesús entra y se coloca «en medio de ellos», como solía hacer cuando enseñaba, y, ante la duda, les muestra las manos y los pies llagados y les pide algo de comer, para que no piensen que es un fantasma. Y a Tomás, al incrédulo Tomás, hasta le permite hacer lo que había pedido: tocar sus llagas. Esta condescendencia de Jesús indica el afecto que tenía a los suyos y lo interesado que estaba en recuperarles para la amistad y la misión.

¿Y qué decir del milagro de la pesca milagrosa? Los apóstoles habían vuelto a lo suyo: a su oficio de pescadores. En una mañana de Pascua, Jesús se les muestra en la orilla y, después de no haber pescado nada durante la noche, les concede la gracia de una pesca milagrosa, que recordaría aquella otra, mientras vivía. Jesús busca avivar la memoria de lo que hizo con ellos, identificarse con su propia historia pasada. A Pedro le examina del amor. Tres veces le pregunta si le ama, pues tres veces lo había negado. Jesús restaura la amistad, restaña las heridas, y devuelve la confianza a quien le amaba a pesar de sus negaciones.

Esta es la historia de la Pascua. Encuentro tras encuentro con los suyos, a quienes rescata de la duda, la incredulidad y el desamor. Es la historia preciosa del cristianismo. La iniciativa siempre es de Cristo, que confía en el hombre y le busca entre sus cosas, sus preocupaciones, sus pecados y sus anhelos más hondos. Jesús siempre busca. Es el Pastor que conoce a cada uno, lo llama por su nombre y le renueva la amistad: ¿Me amas? Es la pregunta clave, decisiva. La pregunta que hacemos a quien queremos. La que esperamos que nos haga esa persona a quien deseamos amar. Es la mutua correspondencia del amor, que, a pesar de las infidelidades, Jesús siempre está dispuesto a aceptar.

La Pascua es el tiempo del reencuentro con el Resucitado, que ha cambiado su modo de relación, ahora en la fe, no en la visión, y que nos invita a dar el salto al amor sin barreras porque estemos donde estemos, seamos como seamos, Cristo Resucitado siempre se hará presente en nuestras vidas y nos preguntará como si fuera la primera vez: ¿Me amas? Esta es la novedad gozosa de la Pascua: contestar con la humildad de Pedro arrepentido: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

0529

 

Carta pastoral de monseñor César Franco                                                                                                                                                            para el día del Corpus Christi

corpus-Segovia

«¿Qué haces con tu hermano?»

Carta pastoral de César Franco.

Obispo de Segovia

7 de Junio de 2025

            

 

Es ya tradicional celebrar en la solemnidad del Corpus Christi el día de Cáritas. Este año lo hacemos con el lema «¿qué haces con tu hermano?», que recuerda el reproche de Dios a Caín cuando mata a su hermano Abel. Dios le pregunta: «¿Dónde esta tu hermano?», «¿qué has hecho?». Al excusarse Caín, Dios le dice abiertamente: «La sangre de tu hermano clama justicia ante mí».

Desde el inicio de la humanidad, la lucha fratricida, el desprecio del prójimo y el olvido de sus necesidades han sido notas distintivas de la condición humana herida por el pecado original. Este desorden radical ha sembrado en el corazón del hombre los gérmenes que nos dividen y enfrentan unos con otros hasta acostumbrarnos al sufrimiento de nuestros hermanos que padecen en su alma y cuerpo el odio asesino, la marginación, e incluso la muerte. La sangre de los que muren y el dolor de los que padecen necesidad claman justicia ante Dios, que nos pregunta: «¿Qué haces con tu hermanos».

Cáritas pretende responder a esta pregunta mediante el camino que Cristo ha abierto con la entrega de sí mismo en la Eucaristía, cuya solemnidad celebramos. Cristo se ha entregado por los hombres en un amor sin reservas, dando su Cuerpo y Sangre como alimento de eternidad. Este gesto de Cristo se ha convertido en el fundamento de la Iglesia y de la caridad que pretende llevar a todos los hombres. San Pablo dice que «la caridad de Cristo nos urge al considerar que si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Cor 5,14-15). El amor de Cristo es el que justifica nuestra caridad, hasta el punto de que ya no vivamos para nosotros mismos sino para los demás, compartiendo nuestra vida y bienes con los más necesitados. Cuando san Pablo organiza entre sus iglesias una colecta para la Iglesia de Jerusalén, la justifica diciendo: «Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8,9). No se puede ser más explícito: Cristo nos ha enriquecido haciéndose pobre; de igual modo, nosotros debemos enriquecer a los demás empobreciéndonos mediante la caridad fraterna.

Si celebramos bien la eucaristía, entenderemos que en ella encontramos hecho realidad lo que nos dice san Pablo. Cristo se ha empobrecido de tan manera que ha quedado convertido en la comida de la Iglesia. Su Cuerpo y Sangre se han hecho banquete de vida, comunión e inmortalidad. Quienes participan en este banquete conforman su vida a la de Cristo y progresivamente se van transformando en Cristo asumiendo su mismo estilo de vida, sus comportamientos, su voluntad de dar la vida a otros. Cáritas es la expresión de esta amor de Cristo que quiere alcanzar a todos los hombres mediante la entrega de los cristianos.

Cáritas no es una organización al margen de la Iglesia, ni independiente de ella. La forman todos los cristianos que, con sus ofrendas, limosnas, aportaciones periódicas y el tiempo que dedican a los demás acogiendo y visitando a los necesitados, muestran el rostro materno de la Iglesia que sufre con la pobreza espiritual y material de sus hijos. La Caridad es el núcleo más íntimo de la Iglesia, su fuego y fuerza interior. Por ello, es preciso que cada comunidad cristiana, cada parroquia se organice de manera que la preocupación por los pobres esté en el centro de su acción misionera y apostólica. Invito, pues, a todas las parroquias y comunidades cristianas a vivir con un solo corazón y una sola alma el ejercicio de la caridad, para que el testimonio de los creyentes manifieste el amor de Cristo que no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida por los hombres. Bien podría ser este el lema de Cáritas: servir hasta dar la vida. Eso es lo que celebramos el día del Corpus Christi, día de la Caridad. Sólo la contemplación de Cristo en la Eucaristía aumentará nuestro amor, nuestro deseo de compartir los bienes con los más necesitados, y hará de nuestra diócesis, de nuestras parroquias y comunidades el signo vivo de que Dios cuida de sus hijos más pobres, en los que Cristo reclama que hagamos con ellos lo que haríamos con él.

Aprovecho esta carta para dar gracias a la Cáritas diocesana y a todos los grupos de cáritas que existen en las parroquias y comunidades cristianas por sus trabajos y desvelos, en este campo fundamental de la Iglesia. Y pido al Señor y a Santa María, Madre suya y nuestra, que en todo lo que hacemos brille siempre el amor de Cristo, anonadado, crucificado y hecho eucaristía por nosotros. Sólo así nuestra caridad no será una farsa, nuestra mano derecha no sabrá lo que hace la izquierda y, lejos de enorgullecernos por lo que hacemos, daremos gracias a Dios que nos permite servir a los pobres que, como él mismo dijo, siempre estarán con nosotros.

Os bendigo de corazón

+ César Franco

            Obispo de Segovia

 

 

Plántale cara al hambre: siembra

Carta pastoral para la Jornada de Manos Unidas.

 La Jornada de Manos Unidas para este año 2016 se desarrolla bajo el lema «Plántale cara al hombre: siembra». Los datos son escalofriantes: en el año 2014 el hambre crónica afectaba a 805 millones de personas en el mundo. El fenómeno del hambre en el mundo abarca conceptos como malnutrición, subalimentación, desnutrición, hambruna. Lo dramático de la situación actual es que hay comida para todos, pero no todos pueden comer. San Juan Pablo II llamaba a esto «la paradoja de la abundancia». Una paradoja que, aunque no queramos, convierte a los que tenemos bienes en responsables de los que no tienen, como ha enseñado desde antiguo la tradición cristiana. De una u otra manera, todos somos responsables del mal que sufren nuestros hermanos. Y todos debemos acoger como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: «Tuve hambre y no me disteis de comer».

 El Papa Francisco nos ha pedido en este Año Jubilar de la Misericordia que reflexionemos sobre las obras de misericordia, corporales y espirituales. La primera de las corporales es «dar de comer al hambriento». Cristo ha querido identificarse con todos los que sufren, y, en primer lugar con los que padecen hambre. Dice el Papa Francisco que «la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado».

¿Cómo podemos hacerlo? Son muchos los medios a nuestro alcance, especialmente desde la conversión que nos exige la Cuaresma. El ayuno y la limosna tienen como finalidad practicar la justicia y la caridad con los más pobres. Podemos – y debemos – privarnos de gastos innecesarios, caprichos y gustos personales, vivir con mayor sobriedad y pobreza material, ofreciendo la limosna que brota de la caridad. Si observamos nuestro modo de vivir, rápidamente descubrimos cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles las que nos creamos de manera superflua y egoísta. El afán de poseer no tiene límite en el corazón del hombre, como puede observarse en las diferencias que separan a los pueblos que viven en la opulencia de aquellos que se ahondan cada vez más en pobrezas crónicas, que claman al cielo. El mensaje del Papa Francisco en su encíclica «Laudato si´» es claro y rotundo. Nos exhorta a un cambio en el estilo de nuestra vida. «Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites» (204).

Lo más grave de esta situación es que llegamos a acostumbrarnos a ella, perdemos sensibilidad para detectar el mal y socorrer a quien lo padece. Nos hacemos como el rico epulón de la parábola de Jesús que menospreciaba al pobre Lázaro que yacía a su puerta. Cristo nos invita a la «compasión», que no es una lástima superficial, sino a padecer con los que sufren compartiendo sus propios sufrimientos como ha hecho Cristo con nosotros. La caridad cristiana tiene su motivación última y su modelo perfecto en el mismo Cristo, que aceptó sobre sí, como el Buen samaritano, la carga de nuestras dolencias y pecados. Sólo el amor redentor de Cristo, que se ha hecho solidario con toda la humanidad, puede hacernos comprender la enorme dicha que tenemos los cristianos que hacernos semejantes a él y la grave responsabilidad de atender a quienes nos desvelan hoy el rostro sufriente del Señor. Plantarle cara al hambre sólo puede hacerse mirando cara a cara a Cristo y permitirle que sea él mismo quien siembre en nosotros su caridad.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Meme ManosUnidas16 Cesar Franco

            

Carta pastoral de monseñor César Franco                                                                                                                 por Adviento, Navidad y visita pastoral

puerta-santa-segovia    

Dios visita a su pueblo Adviento, Navidad y visita pastoral del obispo

Carta pastoral de Mons. César-A. Franco Martínez

Obispo de Segovia

              

 

Queridos diocesanos:

Quiero aprovechar el tiempo de Adviento para desearos que vuestra esperanza crezca más y más, alentada por la certeza de que Cristo viene de nuevo a nosotros en las fiestas de Navidad. Es la esperanza que el mundo necesita y que se funda sobre la promesa de que Dios acompaña siempre a su pueblo y le guía hacia la verdadera vida y felicidad.

En el rezo de Laudes, la Iglesia afirma cada día que en Cristo Jesús Dios ha visitado y redimido a su pueblo. «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, dice Zacarías, nos visitará el sol nacido de la alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de la muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz». No puede haber noticia más gozosa que ésta: la visita de Dios que nos arranca de la tiniebla del pecado y de la muerte para conducirnos hacia la paz, conjunto de todos los bienes mesiánicos. Os animo, pues, a prepararos con alegría a la fiesta de la Navidad, que este año reviste un carácter más gozoso si cabe, puesto que la viviremos en el Año jubilar de la Misericordia, que el Papa Francisco ha convocado. El día 13, segundo domingo de Adviento, abriremos la puerta del Perdón de nuestra catedral cuyo umbral traspasarán los peregrinos en busca del abrazo del Padre que nos acogerá como al hijo pródigo cubriéndonos de besos de paz, ternura y reconciliación.

También este año, por la importancia que tiene la solemnidad de la Navidad, como manifestación visible del amor de la misericordia de Dios en Cristo, quiero recuperar en la santa Iglesia catedral la misa de medianoche del día 24 de diciembre, llamada tradicionalmente «misa del gallo». La iglesia madre de la diócesis, la catedral, no puede tener las puertas cerradas en la noche santísima en la que, como decía san Ireneo, Cristo, «viniendo en nuestra carne, nos trajo toda novedad». Desde hace muchos años no se ha celebrado esta misa preciosa de la Natividad del Señor, introducida con un solemne pregón, anuncio de la gracia que recibimos. Invito a todos los diocesanos y a las comunidades de vida consagrada, que no son contemplativas, a participar con el Obispo en esta santa liturgia de adoración y alabanza. Y como gesto de esta venida del Señor, bendeciré al final de la Eucaristía las imágenes del Niño Jesús que los participantes quieran traer para ser colocado después en el belén de cada casa. Así, todos estaremos unidos por la misma celebración y bendición.

Por último, aunque no lo menos importante, continuaré mi visita pastoral durante este curso en la ciudad de Segovia. Como todos sabéis, inicié mi ministerio episcopal con el propósito de concluir la visita pastoral de la diócesis, programada por mi predecesor, Mons. Ángel Rubio Castro. He concluido la zona rural de la diócesis que había quedado sin visitar. Y ahora me corresponde visitar las parroquias de la ciudad de Segovia, que es la fase final de la visita tal como había sido proyectada. Para mí será una ocasión privilegiada de conocer mejor estas comunidades cristianas y fortalecerlas en la fe y participar de sus anhelos e inquietudes. La visita pastoral del obispo es un signo elocuente de la visita de Dios a su pueblo y de la presencia de Cristo, Buen pastor, que cuida de todo el rebaño. El obispo tiene la misión fundamental de confirmar a sus hermanos en la fe para que el testimonio de la vida cristiana brille como la luz en medio de la oscuridad. En cierto sentido, el misterio de la venida en carne de Cristo, Luz de Luz, se prolonga en la visita del obispo que actúa en el nombre de Cristo. La visita pastoral es un momento de gracia porque se hace patente que Cristo es el único Pastor de su pueblo y se sirve del ministerio del obispo para que cada parroquia de la diócesis viva en la comunión que hace de la Iglesia un solo Cuerpo, cuya cabeza es Cristo.

Os invito, por tanto, a pedir por la fecundidad de la visita pastoral que nos ayudará a todos a dar un impulso mayor a la misión que el Señor nos ha confiado. La Iglesia está llamada a vivir siempre en salida, como nos recuerda el Papa Francisco, buscando especialmente a los que no conocen a Cristo ni forman parte de la comunidad eclesial. La visita pastoral será una ayuda para que nuestras comunidades vivan con más responsabilidad la gracia del bautismo y de la fe, y se edifiquen en torno al sacramento de la Eucaristía. Pero, al mismo tiempo, debe ser un acicate para no quedarnos encerrados entre los muros del templo o en los ambientes cálidos de quienes ya nos conocemos y vivimos la fe. Hemos de proclamar el evangelio a todas las gentes, empezando por los que tenemos más cerca, nuestros convecinos y compañeros de trabajo. Conscientes de que la fe no se impone, sino que se propone, procuremos, con la libertad de los hijos de Dios, acercarnos a todos los hombres sin excepción y ofrecerles la buena noticia del Evangelio, que es la presencia en el mundo del Hijo de Dios encarnado en el seno de María, muerto y resucitado para nuestra salvación. El anuncio del Evangelio es la primera responsabilidad del cristiano y, al mismo tiempo, el mayor gozo que puede experimentar, porque se trata de invitar a los hombres a acoger la Luz de Dios que ha roto la oscuridad del pecado y de la muerte, abriéndonos las puertas de la verdadera esperanza.

Os deseo, queridos diocesanos, un tiempo de Adviento lleno de esperanza. Preparémonos a recibir al Señor en nuestra vida personal, familiar y social. Abramos nuestras puertas a quien peregrina con nosotros hacia la casa del Padre. Y oremos para que la visita pastoral del obispo sea un signo claro y eficaz de la visita del mismo Cristo que ha querido hacerse contemporáneo de cada hombre. Que la Virgen María, nuestra Señora de la Fuencisla, nos ayude en esta hermosa misión.

Con mi afecto y bendición.

En Segovia, a 1 de Noviembre de 2015, Solemnidad de todos los Santos.

+ César A. Franco Martínez

Obispo de Segovia.

Capital Europea Cultura2016 6 1

Volver