Pascua: la amistad recuperada

 

El tiempo de Pascua puede calificarse «tiempo del reencuentro». Reencuentro de Jesús con sus amigos. La muerte había segado violentamente la relación de Jesús con los suyos y éstos pensaban que todo había terminado. A pesar de que Jesús había anunciado la resurrección, no entendieron lo que decía. En la Resurrección, Cristo inicia una nueva vida, como triunfador del pecado y de la muerte, y sale al encuentro de los suyos para reanudar no la vieja amistad, sino una nueva y definitiva que atravesará la historia hasta el fin de los tiempos.

Desde el mismo día de la Resurrección, Jesús se hace presente en los ámbitos normales de la vida de los suyos. En el Cenáculo, en el camino a Emaús, en el mar de Galilea. Las apariciones pretender restablecer la fe en él, la convicción de que él es el Hijo de Dios, que ha superado el tiempo y el espacio y se hace contemporáneo de cada hombre.  Jesús busca recuperar la amistad adormecida y convertida en mero recuerdo. Y lo hace con gestos humanos, transidos de afecto y de cariño, evocando recuerdos de lo que han vivido juntos.

A María Magdalena se muestra como un jardinero junto al sepulcro, y la llama por su nombre, como tantas veces habría hecho. Ella le reconoce al pronunciar su nombre, con su mismo tono y afecto de voz. A los discípulos desalentados de Emaús, se les une en el camino, como un peregrino, y poco a poco les comenta las Escrituras que hablaban de él. Dice el evangelista que sus palabras encendieron su corazón. Ya dentro de casa, el gesto de la fracción del pan les abre los ojos y le reconocieron. Jesús había vuelto a comer con ellos. En el Cenáculo, cerradas las puertas, Jesús entra y se coloca «en medio de ellos», como solía hacer cuando enseñaba, y, ante la duda, les muestra las manos y los pies llagados y les pide algo de comer, para que no piensen que es un fantasma. Y a Tomás, al incrédulo Tomás, hasta le permite hacer lo que había pedido: tocar sus llagas. Esta condescendencia de Jesús indica el afecto que tenía a los suyos y lo interesado que estaba en recuperarles para la amistad y la misión.

¿Y qué decir del milagro de la pesca milagrosa? Los apóstoles habían vuelto a lo suyo: a su oficio de pescadores. En una mañana de Pascua, Jesús se les muestra en la orilla y, después de no haber pescado nada durante la noche, les concede la gracia de una pesca milagrosa, que recordaría aquella otra, mientras vivía. Jesús busca avivar la memoria de lo que hizo con ellos, identificarse con su propia historia pasada. A Pedro le examina del amor. Tres veces le pregunta si le ama, pues tres veces lo había negado. Jesús restaura la amistad, restaña las heridas, y devuelve la confianza a quien le amaba a pesar de sus negaciones.

Esta es la historia de la Pascua. Encuentro tras encuentro con los suyos, a quienes rescata de la duda, la incredulidad y el desamor. Es la historia preciosa del cristianismo. La iniciativa siempre es de Cristo, que confía en el hombre y le busca entre sus cosas, sus preocupaciones, sus pecados y sus anhelos más hondos. Jesús siempre busca. Es el Pastor que conoce a cada uno, lo llama por su nombre y le renueva la amistad: ¿Me amas? Es la pregunta clave, decisiva. La pregunta que hacemos a quien queremos. La que esperamos que nos haga esa persona a quien deseamos amar. Es la mutua correspondencia del amor, que, a pesar de las infidelidades, Jesús siempre está dispuesto a aceptar.

La Pascua es el tiempo del reencuentro con el Resucitado, que ha cambiado su modo de relación, ahora en la fe, no en la visión, y que nos invita a dar el salto al amor sin barreras porque estemos donde estemos, seamos como seamos, Cristo Resucitado siempre se hará presente en nuestras vidas y nos preguntará como si fuera la primera vez: ¿Me amas? Esta es la novedad gozosa de la Pascua: contestar con la humildad de Pedro arrepentido: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

0529

 

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